Ciencia y Ficción: Biblioteca de Ciencias

Blog de la Biblioteca de la Facultad de Ciencias de la Universidad de Zaragoza

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Fuego brillante

Posted by cienciayficcion en 20/12/2016

imagesSin duda Fahrenheit 451 y Ray Bradbury son dos lagunas más que importantes en nuestra selección de obras literarias. Y lo son tanto por la calidad y originalidad de toda la obra literaria de Bradbury como por la relación que tiene Fahrenheit 451 con las bibliotecas, con su argumento sobre un futuro distópico en el que los bomberos queman libros y los ciudadanos se convierten en hombres-libro o bibliotecas humanas para poder conservar toda la herencia cultural y literaria de la humanidad.

Queremos realizar un más que obligado desagravio con esta entrada, que recoge el prólogo de Ray Bradbury a Fahrenheit 451, en el que relata de forma amena e ingeniosa el proceso de creación de esta obra, la situación política y social que se vivía en los Estados Unidos, así como su utilización y amor por las bibliotecas. Como resumen del contenido de este prólogo, bautizado como “Fuego brillante“, Ray Bradbury dice:

lo que ustedes tienen aquí es la relación amorosa de un escritor con las bibliotecas“.

Esperamos que disfruten de este texto tanto como lo hemos hecho nosotros:


FUEGO BRILLANTE

Cinco pequeños brincos y luego un gran salto.

Cinco petardos y luego una explosión.

Eso describe poco más o menos la génesis de Fahrenheit 451.

Cinco cuentos cortos, escritos durante un período de dos o tres años, hicieron que invirtiera nueve dólares y medio en monedas de diez centavos en alquilar una máquina de escribir en el sótano de una biblioteca, y acabara la novela corta en sólo nueve días.

¿Cómo es eso?

Primero, los saltitos, los petardos:

En un cuento corto, «Bonfire», que nunca vendí a ninguna revista, imaginé los pensamientos literarios de un hombre en la noche anterior al fin del mundo. Escribí unos cuantos relatos parecidos hace unos cuarenta y cinco años, no como una predicción, sino corno una advertencia, en ocasiones demasiado insistente. En «Bonfire», mi héroe enumera sus grandes pasiones. Algunas dicen así:

«Lo que más molestaba a William Peterson era Shakespeare y Platón y Aristóteles  y Jonathan  Swift  y  William  Faulkner,  y  los  poemas de,  bueno, Robert Frost, quizá, y John Donne y Robert Herrick. Todos arrojados a la Hoguera. Después imaginó las cenizas (porque en eso se convertirían). Pensó en las esculturas colosales de Michelangelo, y en el Greco y Renoir y en tantos otros. Mañana estarían todos muertos, Shakespeare y Frost junto con HuxIey, Picasso, Swift y Beethoven, toda aquella extraordinaria biblioteca y el bastante común propietario … »

No mucho después de «Bonfire» escribí un cuento más imaginativo, pienso, sobre el futuro próximo, «Bright Phoenix»: el patriota fanático local amenaza al bibliotecario del pueblo a propósito de unos cuantos miles de libros condenados a la hoguera. Cuando los incendiarios llegan para rociar los volúmenes con kerosene, el bibliotecario los invita a entrar, y en lugar de defenderse, utiliza contra ellos armas bastante sutiles y absolutamente obvias. Mientras recorremos la biblioteca y encontramos a los lectores que la habitan, se hace evidente que detrás de los ojos y entre las orejas de todos hay más de lo que podría imaginarse. Mientras quema los libros en el césped del jardín de la biblioteca, el Censor Jefe toma café con el bibliotecario del pueblo y habla con  un  camarero  del  bar  de  enfrente,  que  viene  trayendo  una  jarra  de humeante café.

-Hola, Keats -dije.

-Tiempo de brumas y frustración madura -dijo el camarero.

-¿Keats? -dijo el Censor jefe -. ¡No se llama Keats!

-Estúpido -dije -. Éste es un restaurante griego. ¿No es así, Platón?

El camarero volvió a llenarme la taza. -El pueblo tiene siempre algún campeón, a quien enaltece por encima de todo… Ésta y no otra es la raíz de la que nace un tirano; al principio es un protector.

Y más tarde, al salir del restaurante, Barnes tropezó con un anciano que casi cayó al suelo. Lo agarré del brazo.

-Profesor Einstein -dije yo.

-Señor Shakespeare -dijo él.

Y cuando la biblioteca cierra y un hombre alto sale de allí, digo: -Buenas noches, señor Lincoln …

Y él contesta: -Cuatro docenas y siete años …

El fanático incendiario de libros se da cuenta entonces de que todo el pueblo ha escondido los libros memorizándolos. ¡Hay libros por todas partes, escondidos en la cabeza de la gente! El hombre se vuelve loco, y la historia termina.

Para ser seguida por otras historias similares: «The Exiles», que trata de los personajes de los libros de Oz y Tarzán y Alicia, y de los personajes de los extraños cuentos escritos por Hawthorne y Poe, exiliados todos en Marte; uno por uno estos fantasmas se desvanecen y vuelan hacia una muerte definitiva cuando en la Tierra arden los últimos libros.

En «Usher H» mi héroe reúne en una casa de Marte a todos los incendiarios de libros, esas almas tristes que creen que la fantasía es perjudicial para la mente. Los hace bailar en el baile de disfraces de la Muerte Roja, y los ahoga a todos en una laguna negra, mientras la Segunda Casa Usher se hunde en un abismo insondable.

Ahora el quinto brinco antes del gran salto.

Hace unos cuarenta y dos años, año más o año menos, un escritor amigo mío y yo íbamos paseando y charlando por Wilshire, Los Angeles, cuando un coche de policía se detuvo y un agente salió y nos preguntó qué estábamos haciendo.

-Poniendo un pie delante del otro -le contesté, sabihondo. Ésa no era la respuesta apropiada.

El policía repitió la pregunta.

Engreído, respondí: -Respirando el aire, hablando, conversando, paseando. El oficial frunció el ceño. Me expliqué.

-Es ¡lógico que nos haya abordado. Si hubiéramos querido asaltar a alguien o robar en una tienda, habríamos conducido hasta aquí, habríamos asaltado o robado, y nos habríamos ido en coche. Como usted puede ver, no tenemos coche, sólo nuestros pies.

-¿Paseando, eh? -dijo el oficial -. ¿Sólo paseando?

Asentí y esperé a que la evidente verdad le entrara al fin en la cabeza.

-Bien -dijo el oficial -. Pero, ¡qué no se repita! Y el coche patrulla se alejó.

Atrapado por este encuentro al estilo de Alicia en el País de las Maravillas, corrí a casa a escribir «El peatón» que hablaba de un tiempo futuro en el que estaba prohibido caminar, y los peatones eran tratados como criminales. El relato fue rechazado por todas las revistas del país y acabó en el Reporter la espléndida revista política de Max Ascoli.

Doy gracias a Dios por el encuentro con el coche patrulla, la curiosa pregunta, mis respuestas estúpidas, porque si no hubiera escrito «El peatón» no habría podido sacar a mi criminal paseante nocturno para otro trabajo en la ciudad, unos meses más tarde.

Cuando lo hice, lo que empezó como una prueba de asociación de palabras o ideas se convirtió en una no vela de 25.000 palabras titulada «The Fireman», que me costó mucho vender, pues era la época del Comité de Investigaciones de Actividades Antiamericanas, aunque mucho antes de que Joseph McCarthy saliera a escena con Bobby Kermedy al alcance de la mano para organizar nuevas pesquisas.

En la sala de mecanografía, en el sótano de la biblioteca, gasté la fortuna de nueve dólares y medio en monedas de diez centavos; compré tiempo y espacio junto con una docena de estudiantes sentados ante otras tantas máquinas de escribir.

Era relativamente pobre en 1950 y no podía permitirme una oficina. Un mediodía, vagabundeando por el campus de la UCLA, me llegó el sonido de un tecleo  desde  las  profundidades  y  fui  a  investigar.  Con  un  grito  de  alegría descubrí que, en efecto, había una sala de mecanografía con máquinas de escribir de alquiler donde por diez centavos la media hora uno podía sentarse y crear sin necesidad de tener una oficina decente.

Me senté y tres horas después advertí que me había atrapado una idea, pequeña  al  principio  pero  de  proporciones  gigantescas  hacia  el  final.  El concepto era tan absorbente que esa tarde me fue difícil salir del sótano de la biblioteca y tomar el autobús de vuelta a la realidad: mi casa, mi mujer y nuestra pequeña hija.

No puedo explicarles qué excitante aventura fue, un día tras otro, atacar la máquina de alquiler, meterle monedas de diez centavos, aporrearla como un loco, correr escaleras arriba para ir a buscar más monedas, meterse entre los estantes y volver a salir a toda prisa, sacar libros, escudriñar páginas, respirar el mejor polen del mundo, el polvo de los libros, que desencadena alergias literarias. Luego correr de vuelta abajo con el sonrojo del enamorado, habiendo encontrado una cita aquí, otra allá, que metería o embutiría en mi mito en gestación. Yo estaba, como el héroe de Melville, enloquecido por la locura. No podía detenerme. Yo no escribí Fahrenheit 451, él me escribió a mí. Había una circulación continua de energía que salía de la página y me entraba por los ojos y recorría mi sistema nervioso antes de salirme por las manos. La máquina de escribir y yo éramos hermanos siameses, unidos por las puntas de los dedos.

Fue un triunfo especial porque yo llevaba escribiendo relatos cortos desde los doce años, en el colegio y después, pensando siempre que quizá nunca me atrevería a saltar al abismo de una novela. Aquí, pues, estaba mi primer intento de salto, sin paracaídas, a una nueva forma. Con un entusiasmo desmedido a causa de mis carreras por la biblioteca, oliendo las encuadernaciones y saboreando las tintas, pronto descubrí, como he explicado antes, que nadie quería «The Fireman». Fue rechazado por todas las revistas y finalmente fue publicado por la revista Galaxy, cuyo editor, Horace Gold, era más valiente que la mayoría en aquellos tiempos.

¿Qué despertó mi inspiración? ¿Fue necesario todo un sistema de raíces de influencia, sí, que me impulsaran a tirarme de cabeza a la máquina de escribir y a salir chorreando de hipérboles, metáforas y símiles sobre fuego, imprentas y papiros?

Por supuesto: Hitler había quemado libros en Alemania en 1934, y se hablaba de los cerilleros y yesqueros de Stalin. Y además, mucho antes, hubo una caza de  brujas  en  Salem  en  1680,  en  la  que  mi  diez  veces  tatarabuela  Mary Bradbury fue condenada pero escapó a la hoguera. Y sobre todo fue mi formación romántica en la mitología romana, griega y egipcia, que empezó cuando yo tenía tres años. Sí, cuando yo tenía tres años, tres, sacaron a Tut de su tumba y lo mostraron en el suplemento semanal de los periódicos envuelto en toda una panoplia de oro, ¡y me pregunté qué sería aquello y se lo pregunté a mis padres!

De modo que era inevitable que acabara oyendo o leyendo sobre los tres incendios   de   la   biblioteca   de   Alejandría;   dos   accidentales,   y   el   otro intencionado. Tenía nueve años cuando me enteré y me eché a llorar. Porque, como niño extraño, yo ya era habitante de los altos áticos y los sótanos encantados de la biblioteca Carnegie de Waukegan, Illinois.

Puesto que he empezado, continuaré. A los ocho, nueve, doce y catorce años, no había nada más emocionante para mí que correr a la biblioteca cada lunes por la noche, mi hermano siempre delante para llegar primero. Una vez dentro, la vieja bibliotecaria (siempre fueron viejas en mi niñez) sopesaba el peso de los libros que yo llevaba y mi propio peso, y desaprobando la desigualdad (más libros que chico), me dejaba correr de vuelta a casa donde yo lamía y pasaba las páginas.

Mi locura persistió cuando mi familia cruzó el país en coche en 1932 y 1934 por la carretera 66. En cuanto nuestro viejo Buick se detenía, yo salía del coche y caminaba hacia la biblioteca más cercana, donde tenían que vivir otros Tarzanes, otros Tik Toks, otras Bellas y Bestias que yo no conocía.

Cuando salí de la escuela secundaria, no tenía dinero para ir a la universidad. Vendí periódicos en una esquina durante tres años y me encerraba en la biblioteca del centro tres o cuatro días a la semana, y a menudo escribí cuentos cortos en docenas de esos pequeños tacos de papel que hay repartidos por las bibliotecas, como un servicio para los lectores. Emergí de la biblioteca a los veintiocho años. Años más tarde, durante una conferencia en una universidad, habiendo oído de mi total inmersión en la literatura, el decano de la facultad me obsequió con birrete, toga y un diploma, como «graduado» de la biblioteca.

Con  la  certeza  de  que  estaría  solo  y  necesitando  ampliar  mi  formación, incorporé a mi vida a mi profesor de poesía y a mi profesora de narrativa breve de la escuela secundaria de Los Angeles. Esta última, Jermet Johnson, murió a los noventa años hace sólo unos años, no mucho después de informarse sobre mis hábitos de lectura.

En  los  últimos  cuarenta  años  es  posible  que  haya  escrito  más  poemas, ensayos, cuentos, obras teatrales y novelas sobre bibliotecas, bibliotecarios y autores que cualquier otro escritor. He escrito poemas como Emily Dickinson, Where Are You? Hermann Melville Called Your Name Last Night In His Sleep. Y otro reivindicando a Emily y el señor Poe como mis padres. Y un cuento en el que Charles Dickens se muda a la buhardilla de la casa de mis abuelos en el verano de 1932, me llama Pip, y me permite ayudarlo a terminar Historia de dos ciudades. Finalmente, la biblioteca de La feria de las tinieblas es el punto de cita para un encuentro a medianoche entre el Bien y el Mal. La señora Halloway y el señor Dark. Todas las mujeres de mi vida han sido profesoras, bibliotecarias y libreras. Conocí a mi mujer, Maggie, en una librería en la primavera de 1946.

Pero volvamos a «El peatón» y el destino que corrió después de ser publicado en una revista de poca categoría. ¿Cómo creció hasta ser dos veces más extenso y salir al mundo?

En 1953 ocurrieron dos agradables novedades. Ian Ballantine se embarcó en una aventura arriesgada, una colección en la que se publicarían las novelas en tapa dura y rústica a la vez. Ballantine vio en Fahrenheit 451 las cualidades de una novela decente si yo añadía otras 25.000 palabras a las primeras 25.000.

¿Podía hacerse? Al recordar mi inversión en monedas de diez centavos y mi galopante ir y venir por las escaleras de la biblioteca de UCLA a la sala de mecanografía, temí volver a reencender el libro y recocer los personajes. Yo soy  un  escritor  apasionado,  no  intelectual,  lo  que  quiere  decir  que  mis personajes tienen que adelantarse a mí para vivir la historia. Si mi intelecto los alcanza demasiado pronto, toda la aventura puede quedar empantanada en la duda y en innumerables juegos mentales.

La mejor respuesta fue fijar una fecha y pedirle a Stanley Kauffmann, mi editor de Ballantine, que viniera a la costa en agosto. Eso aseguraría, pensé, que este libro Lázaro se levantara de entre los muertos. Eso además de las conversaciones que mantenía en mi cabeza con el jefe de Bomberos, Beatty, y la idea misma de futuras hogueras de libros. Si era capaz de volver a encender a Beatty, de dejarlo levantarse y exponer su filosofía, aunque fuera cruel o lunática, sabía que el libro saldría del sueño y seguiría a Beatty.

Volví a la biblioteca de la UCLA, cargando medio kilo de monedas de diez centavos para terminar mi novela. Con Stan Kauffmann abatiéndose sobre mí desde el cielo, terminé de revisar la última página a mediados de agosto. Estaba entusiasmado, y Stan me animó con su propio entusiasmo.

En  medio  de  todo  lo  cual  recibí  una  llamada  telefónica  que  nos  dejó estupefactos a todos. Era John Houston, que me invitó a ir a su hotel y me preguntó si me gustaría pasar ocho meses en Irlanda para escribir el guión de Moby Dick.

Qué año, qué mes, qué semana.

Acepté el trabajo, claro está, y partí unas pocas semanas más tarde, con mi esposa  y  mis  dos  hijas,  para  pasar  la  mayor  parte  del  año  siguiente  en ultramar. Lo que significó que tuve que apresurarme a terminar las revisiones menores de mi brigada de bomberos.

En ese momento ya estábamos en pleno período macartista- McCarthy había obligado al ejército a retirar algunos libros «corruptos» de las bibliotecas en el extranjero. El antes general, y por aquel entonces presidente Eisenhower, uno de los pocos valientes de aquel año, ordenó que devolvieran los libros a los estantes.

Mientras tanto, nuestra búsqueda de una revista que publicara partes de Fahrenheit 451 llegó a un punto muerto. Nadie quería arriesgarse con una novela que tratara de la censura, futura, presente o pasada.

Fue entonces cuando ocurrió la segunda gran novedad. Un joven editor de Chicago, escaso de dinero pero visionario, vio mi manuscrito y lo compró por cuatrocientos cincuenta dólares, que era todo lo que tenía. Lo publicaría en los número dos, tres y cuatro de la revista que estaba a punto de lanzar.

El joven era Hugh Hefner. La revista era P1ayboy, que llegó durante el invierno de 1953 a 1954 para escandalizar y mejorar el mundo. El resto es historia. A partir de ese modesto principio, un valiente editor en una nación atemorizada sobrevivió y prosperó. Cuando hace unos meses vi a Hefner en la inauguración de sus nuevas oficinas en California, me estrechó la mano y dijo: «Gracias por estar allí». Sólo yo supe a qué se refería.

Sólo resta mencionar una predicción que mi Bombero jefe, Beatty, hizo en 1953, en medio de mi libro. Se refería a la posibilidad de quemar libros sin cerillas ni fuego. Porque no hace falta quemar libros si el mundo empieza a llenarse de gente que no lee, que no aprende, que no sabe. Si el baloncesto y el fútbol inundan el mundo a través de la MTV, no se necesitan Beattys que prendan fuego al kerosene o persigan al lector. Si la enseñanza primaria se disuelve y desaparece a través de las grietas y de la ventilación de la clase, ¿quién, después de un tiempo, lo sabrá, o a quién le importará?

No todo está perdido, por supuesto. Todavía estamos a tiempo si evaluamos adecuadamente y por igual a profesores, alumnos y padres, si hacemos de la calidad una responsabilidad compartida, si nos aseguramos de que al cumplir los seis años cualquier niño en cualquier país puede disponer de una biblioteca y  aprender  casi  por  osmosis;  entonces  las  cifras  de  drogados,  bandas callejeras, violaciones y asesinatos se reducirán casi a cero. Pero el Bombero jefe en la mitad de la novela lo explica todo, y predice los anuncios televisivos de un minuto, con tres imágenes por segundo, un bombardeo sin tregua. Escúchenlo, comprendan lo que quiere decir, y entonces vayan a sentarse con su hijo, abran un libro y vuelvan la página.

Pues bien, al final lo que ustedes tienen aquí es la relación amorosa de un escritor con las bibliotecas; o la relación amorosa de un hombre triste, Montag, no con la chica de la puerta de al lado, sino con una mochila de libros. ¡Menudo romance! El hacedor de listas de «Bonfire» se convierte en el bibliotecario de «Bright Phoenix» que memoriza a Lincoln y Sócrates, se transforma en «El peatón» que pasea de noche y termina siendo Montag, el hombre que olía a kerosene y encontró a Clarisse. La muchacha le olió el uniforme y le reveló la espantosa misión de un bombero, revelación que llevó a Montag a aparecer en mi máquina de escribir un día hace cuarenta años y a suplicar que le permitiera nacer.

-Ve -dije a Montag, metiendo otra moneda en la máquina -, y vive tu vida, cambiándola mientras vives. Yo te seguiré.

Montag corrió. Yo fui detrás. Ésta es la novela de Montag.

Le agradezco que la escribiera para mí.

Ray Bradbury, febrero de 1993.

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Loa homérica contemporánea

Posted by cienciayficcion en 13/12/2016

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Este relato, Loa homérica contemporánea, de Víctor Enguita Vileta obtuvo el primer premio en el II Concurso de relatos cortos “Facultad de Ciencias”.


LOA HOMÉRICA CONTEMPORÁNEA

Piden, Crónida, estos numerosos oyentes, conocer cuál de entre tus hijos dio a aquél héroe su fuerza, para destacar entre el resto y alcanzar la gloria. ¿Fue tu ojizarca hija, Atenea, que llenó de ingenio las mientes de Ulises, fecundo en ardides, cuando anhelaba el retorno desde sus cóncavas naves, retornando de Ilio? ¿Hizo atinado su ánimo Apolo, el que hiere de lejos, para que como una broncínea pica su mecánico artilugio se clavara profundo en el corazón de su horripilante enemigo, que la muerte sembraba incluso entre los suyos? ¿No fue acaso tu esclarecido hermano, Poseidón, sacudidor de la tierra, enfurecido por el soberbio proceder de los sigilosos submarinos, oceánicos rapaces, que surcan el largo ponto, rasantes al fondo, y son temidos por los navegantes intrépidos? Deléitanos, acumulador de nubes, con su ilustre historia, y cuéntanosla mientras te escuchamos, admirados por tu elocuencia.

Haré lo que me pides, mortal de voz a la de los dioses pareja, pues no hay tragedia que tenga como protagonista héroe, a un hombre más desgraciado que este, olvidado por los dioses tras breve tiempo de fortuna. Ahora apenado espera la muerte; su aciago hado es morir envenenado, a manos de un hombre siniestro, de ánimo homicida, o bien por error, en su bien iluminado laboratorio, abundante en azogue y cianuro; ¡de momento sólo las parcas lo saben!. Pronto su espíritu le abandonará el cuerpo y descenderá ligero a los Elíseos, para vivir con los más eminentes sabios y los audaces guerreros, pues ninguna bien equilibrada lanza, de luenga asta, ha ayudado nunca a voltear las tornas de alguna bélica contienda como su divina máquina, de engranajes repleta. Por ello no hablemos más de su desgracia, célebres oyentes, sino loemos su obra, pues él salvó a muchos hombres y les evitó el viaje prematuro al Hades. ¡Él fue el insigne Alan Turing, de los sabios referente! Su ilustre invento descifró enigmas que resistieron ante los hombres, y hasta al olímpico Hermes hastiaron, tras obstinada porfía. Él persiguió sus alados propósitos, y así destacó entre los hombres, como un héroe entre los mejores; de entre todos los sabios, no muchos, sino muy pocos, han alcanzado la gloria, como benefactores de la paz en tiempos de guerra. ¡Conocéis ahora al gran hombre, esclarecidos espectadores, así que ahora comencemos, en breve tiempo, con su detallada historia…

Mi vida se agota en la dolorosa quietud de mi morada, de bien construidas puertas y espaciosas habitaciones. La injusticia ha truncado mi destino, ¿quién se acuerda de mí, y lo hace sin repulsa? Los hombres me han abandonado, y sólo las ciencias son un consuelo. ¿Cómo la condición natural de un hombre, de inocente hechura, puede causar en el resto la cólera, y de su ruina la búsqueda? Oh, musas, que habitáis en olímpicas moradas, inspirad a algún aedo, de recónditos versos, o a algún poeta de estrofas bien regladas, para que recuerde a este erudito en su oda, al menos una vez más, en el transcurso de la historia. Y si son muchos los que de mí se acuerdan, que todos ellos canten sobre mis virtuosas obras, y condenen mi conjurada ignominia. Que escriban todos hermosos versos para que algún día, al recitarlos algún hombre diga, ¡este de aquí fue Alan Turing, afamado hombre de ciencia, que salvó a miles de hombres de la muerte, y acabó con la guerra! ¡En él se inspiran muchos bien rimados versos, que a los mortales deleitan!

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La flora de nuestras ciudades

Posted by cienciayficcion en 07/12/2016

El pasado día 18 de noviembre de 2016 se entregaron los premios del II concurso de relatos cortos “Facultad de Ciencias, dentro del marco de la festividad del patrón de la Facultad, San Alberto Magno. Los relatos debían ser de temática científica o relacionados con la Ciencia, y no tener una extensión superior a una página.

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El relato de Antonio Mª. Blein Sánchez de León, La flora de nuestras ciudades, obtuvo el segundo premio. Esperamos que disfrutéis de su originalidad tanto como nosotros en su momento:


LA FLORA DE NUESTRAS CIUDADADES

1ª entrega

En esta primera entrega de la serie “La flora de nuestras ciudades” vamos a tratar de una de las plantas que más abunda en zonas urbanas. Es planta de tallo largo y raíces cortas. Crece abundantemente en localidades muy habitadas, preferentemente en zonas asfaltadas.

Presenta típicamente una flor alargada trifloriada, que se manifiesta en vivos colores, rojo, amarillo y verde, si bien se han documentado especies que sólo presentan el color amarillo. El tallo es de color verde oscuro, aunque en ocasiones puede tener un color amarillo intenso.

El crecimiento inicial es bastante rápido, llegando a desarrollarse incluso a lo largo de un día. Una vez alcanzada su edad adulta permanece sin crecimiento posterior.

La floración presenta las características típicas de esta especie, variabilidad y cerelidad, ya que la flor intensifica periódicamente uno de sus colores, mitigando entonces la intensidad de los otros dos. Este fenómeno se reproduce periódicamente con cierta rapidez, si bien la duración del mismo puede variar entre el día y la noche. En las especies que presentan únicamente flor amarilla se producen periódos de floración amarilla y periódos sin floración, por lo que han sido calificadas de “floración intermitente“.

Se ha venido observando que esta planta condiciona la naturaleza que la rodea. El comportamiento (movimiento) de los seres que la rodean se cree que está influenciado por la floración periódica de los colores de esta planta, ya que se producen, alternativamente, actividades y estatismos de la vida a su alrededor.

Para su siembra se requiere que el agricultor tenga conocimientos específicos de su técnica de siembra y disponga de herramientas específicas. Se suele presentar agrupada en conjuntos de cuatro unidades, localizándose en las lindes de cruces de caminos.

Esta planta presenta una relación simbiótica con otro vegetal de morfología muy plana, pero de notable extensión, “Pasodiatis Zebrantibus“, que muestra un colorido en bandas blancas y negras alternantes y que se sitúa a nivel de suelo. Estudios recientes demuestran que cuando la floración de la planta se interrumpe, la mencionada “Pasodiatis Zebrantibus” es la que pasa a condicionar la conducta de los seres del entorno.

En cuanto a lo fitopatología cabe destacar que es planta inmune a muchas enfermedades, especialmente las causadas por bacterias (ricketsias) y hongos (platelmintos), si bien la atmósfera contaminada en la que generalmente se desarrolla produce en ella fenómenos de oxidación/reducción (especialmente de los primeros), que obligan a que se le tengan que aplicar tratamientos superficiales de tipo “pintoriático” para combatir dicho fenómeno.

No parece que la planta de la que venimos hablando, “Umbellíphera Semaphorensis” vulgarmente llamada “semáforo“, esté en peligro de extinción, pero en todo caso aconsejamos su cuidado y protección.

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Lee y deja leer

Posted by cienciayficcion en 18/10/2013

Nuevo vídeo de la campaña de BVÖ, la Asociación Austriaca de Bibliotecas:  Lesen und lesen lassen = Lee y deja leer:

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Ray Bradbury

Posted by cienciayficcion en 13/06/2012

Ray Bradbury (1975)El 5 de junio de 2012 moría el escritor norteamericano Ray Bradbury, una de las figuras más destacadas de la literatura de ciencia ficción y fantasía.

Reconocido sobre todo por su relatos cortos (especialmente los recogidos en sus libros Crónicas marcianas y El hombre ilustrado) y sus novelas (“Fahrenheit 451”, “El vino del Estío”, …), también escribió teatro y ensayo (“Zen en el arte de escribir”) y fue guionista y presentador de televisión (“The Ray Bradbury Theater”, para el que adapto 65 de sus relatos).

Entre los temas de sus obras destacan la lucha contra la discriminación racial, la resistencia a la burocracia y el valor de la libertad individual.

A pesar de no tener formación académica, fue un gran lector y usuario de las bibliotecas públicas y universitarias, a las que siempre reconoció su valor en su educación. Su novela “Fahrenheit 451” fue escrita en los sótanos de la biblioteca de la Universidad de California, Los Angeles, en una máquina de escribir alquilada.

“I never went to college, so I went to the library” (Time 06/06/2012)

Participó a lo largo de los años en varios movimientos ciudadanos para evitar el cierre de bibliotecas públicas. (New York Times 20/06/2009)

Obituarios:

El País (6/06/2012)

El Mundo (6/06/2012)

ABC (6/06/2012)

Periódico de Aragón (7/06/2012) (en realidad no era arquitecto)

Más información sobre el autor:

http://www.raybradbury.com/

http://es.wikiquote.org/wiki/Ray_Bradbury

http://es.wikipedia.org/wiki/Ray_Bradbury

http://www.madrimasd.org/blogs/futurosdellibro/2012/06/07/134746

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El contable hindú

Posted by cienciayficcion en 21/12/2011

Una mañana de enero de 1913, G. H. Hardy –considerado ya uno de los más grandes matemáticos británicos de su tiempo– recibe una carta un tanto incoherente de un contable de Madrás, Srinivasa Ramanujan, que afirma estar muy cerca de encontrar la solución de uno de los más importantes –y nunca resueltos– problemas matemáticos de la época. Hardy se propone convencer a Ramanujan de que vaya a Cambridge. Y esta decisión cambiará su propia vida y la historia de las matemáticas. El contable hindú está basada en una historia verdadera y trágica, en la que tuvieron un papel D. H. Lawrence, Bertrand Russell y Ludwig Wittgenstein.

«Una sugestiva exploración donde también resuenan los grandes temas del colonialismo, la identidad sexual y la naturaleza del genio» (Manil Sury).

«El más grande genio matemático de todos los tiempos fue un modesto contable indio. Y, con su vida extraordinaria, David Leavitt ha escrito una extraordinaria novela» (Daniel Garcia, Livres Hebdo).

«La mejor novela de David Leavitt, sostenida por un gran trabajo de investigación. Y también una lectura apasionante» (Kirkus Reviews).

Otras obras del autor en la biblioteca

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La séptima ola

Posted by cienciayficcion en 19/11/2010

Este libro en la bibliotecaAnticipándose a los pronósticos más pesimistas, el volcán de Cumbre Vieja, en la isla de La Palma, ha terminado por fracturarse y millones de toneladas de roca se han precipitado al mar. La consecuencia es la formación de una ola gigantesca que se propaga velozmente en todas direcciones, encontrando a su paso todo tipo de barcos cuyos aterrados tripulantes tendrán que dar lo mejor de sí para enfrentarse a ella con sus pobres recursos.

La noticia del maremoto se extiende como la pólvora por todo el mundo. En Madrid, un gabinete de crisis trata de encontrar con urgencia soluciones a una crisis que galopa sobre el mar demasiado deprisa. Enterados del desastre que se les viene encima, los gaditanos intentan buscar las alturas de la sierra para escapar de la tragedia, pero el pánico y la confusión se hacen dueños de la situación y las salidas naturales de la provincia no tardan en quedar colapsadas…

La Séptima Ola, ganadora del XII Premio Nostromo 2008, es una atractiva y vibrante novela en la que los protagonistas principales son el mar en su estado más sobrecogedor y unos hombres y mujeres enfrentándose a situaciones extremas. Una narración llena de vivencias que nos muestra con contundencia como las personas pueden reaccionar de forma imprevista en situaciones límite. Una serie encadenada de historias que explotan las pasiones humanas que Luís Mollá maneja con extraordinario dinamismo, sumergiendo en ellas al lector con su habitual estilo mezcla de intriga, humor y pasión.

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El contador de arena

Posted by cienciayficcion en 10/11/2010

Este libro en la bibliotecaAdelantado a su tiempo y conocido universalmente por el célebre principio que lleva su nombre, el griego Arquímedes fue un pionero del actual método científico, además de notable matemático y pensador. Discípulo de Euclides e hijo del astrónomo Fidias, su azarosa vida resulta tan apasionante como formidable el poder de su intelecto.

En esta rigurosa novela histórica, Gillian Bradshaw —autora de grandes éxitos como El faro de Alejandría, Púrpura imperial, Teodora, emperatriz de Bizancio y El heredero de Cleopatra— presenta al lector un Arquímedes de carne y hueso, un ser humano excepcional que, inmerso en la convulsa época que le tocó vivir, tuvo que enfrentarse a múltiples dilemas. Deslumbrado por las maravillas de Alejandría tras una estancia de tres años y decidido a radicarse allí para siempre, el joven Arquímedes se ve obligado a volver a Siracusa, su ciudad natal, para ocuparse de su padre enfermo. El contraste no puede ser mayor: de la deslumbrante cuna del saber ha pasado a una ciudad entregada a los frenéticos preparativos para una cruenta guerra contra la poderosa Roma. Convertido por las circunstancias y el destino en el principal artífice de los ingenios bélicos con que se intentará repeler la invasión del coloso romano, Arquímedes atrae la atención del tirano Hierón, quien intenta retenerlo a toda costa en su corte. Y pese a que el mayor deseo del genial griego es volver a Alejandría para perfeccionar sus conocimientos y reunirse con Marco, el leal esclavo que lo ha acompañado desde siempre, un inesperado motivo lo empuja a permanecer en Siracusa, un motivo que ni siquiera su pasión por el saber y la ciencia podrá obviar y que, a la postre, lo obligará a recorrer un sendero salpicado de gloria, amor, guerra y traición.

Obras de Gillian Bradshaw en la biblioteca

– El libro de Arquímedes “Psammites” que da título a esta novela (traducción al inglés)

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El matemático

Posted by cienciayficcion en 07/10/2010

  • Azuela, Arturo: El matemático. Madrid : Consejo Superior de Investigaciones Científicas, 1994

El libro en la bibliotecaEl matemático es un recorrido narrativo por la historia de la ciencia y los grandes cambios de las matemáticas contemporáneas. A la luz de un personaje singular, con su biografía pasional entre símbolos y figuras, es una obra didáctica y a la vez profundamente científica. Es a la vez relato, historia, ensayo y meditación sobre los métodos, filosofía de la ciencia y creatividad del matemático del siglo XX.

Obras del autor en la biblioteca

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El señor del cero

Posted by cienciayficcion en 24/09/2010

  • Molina, Mª Isabel: El señor del cero. Madrid : Alfaguara, 2008

El libro en la biblioteca

Corre el siglo X. En la Península, el Califato de Córdoba irradia un gran esplendor cultural. En este escenario, José, un joven mozárabe que posee una sorprendente capacidad para el cálculo, se ve obligado a abandonar su tierra ante el recelo que despierta su habilidad entre sus ignorantes vecinos. Un hermoso canto a la amistad, sin barreras de religión ni ideologías.

Reseña en DivulgaMAT

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