Ciencia y Ficción: Biblioteca de Ciencias

Blog de la Biblioteca de la Facultad de Ciencias de la Universidad de Zaragoza

  • Categorías

  • Archivos

  • Últimas entradas

  • Anuncios

Archive for the ‘Literatura’ Category

Los límites de la Fundación

Posted by cienciayficcion en 18/06/2018

  • Asimov, Isaac: Los límites de la Fundación. Barcelona : Círculo de lectores, 1989

md22256556257Los límites de la Fundación es el cuarto tomo del apasionante ciclo de las Fundaciones, y su acción se desarrolla quinientos años después de la terrible guerra que enfrentó a la Fundación con el Primer Imperio Galáctico, y que acabó con la destrucción de éste y de la Segunda Funfación. Tras ciento veinte años de paz que han seguido al último conflicto intragaláctico, la Fundación es dueña de la Galaxia, y sus dirigentes esperan confiados le cumplimiento del Plan Seldon, que culminará con la constitución del Segundo Imperio Galáctico. Pero Golan Trevize, el miembro más joven del consejo de la Fundación, duda que sea cierta la destrucción de la Segunda Fundación y sospecha que gracias a sus superpoderes mentales sigue dirigiendo ocultamente la evolución del Universo. Después de una serie de intrigas políticas, Trevize se verá obligado a exiliarse en una astronave, en compañía de Janov Pelorat, un historiador amable y distraído. Una vez en el espacio, ambos decidirán dedicarse a la búsqueda del antiguo planeta Tierra, empresa que los llevará hasta la Unión de Sayshell, donde se enterarán de la existencia de Gaia, un planeta misterioso que despierta su curiosidad. Al llegar a Gaia serán recibidos por Bliss, una joven hermosa y enigmática, y los acontecimientos se sucederán a un ritmo inesperado y sorprendente, porque Bliss es Gaia..

Serie de la Fundación

Obras de Isaac Asimov en la biblioteca

Anuncios

Posted in Literatura | Etiquetado: | Leave a Comment »

Países imaginarios

Posted by cienciayficcion en 28/05/2018

Países imaginarios de Ursula K le GuinEn esta colección de fascinantes  relatos cortos, Ursula K. Le Guin muestra la misma gracia, la misma inteligencia y el mismo virtuosismo que le ganaron un lugar tan elevado en el ámbito de la literatura norteamericana contemporánea. En estos relatos ha creado una serie de “países imaginarios” habitados por personajes imaginarios con problemas reales. Las distintas tramas avanzan y retroceden en el tiempo, pero en ellos aparecen problemas constantes: el insaciable anhelo de libertad humana, los terrores de la tiranía y la persecución, la irreprimible necesidad de amor.

Aunque el carácter de su producción literaria no está, por su temática, directamente relacionado con los libros que recogemos en este blog, la importancia de su aportación a la ciencia ficción hace inevitable su inclusión en nuestra relación de autores literarios.

No olvidemos tampoco que la serie Terramar tuvo su “fantástica” versión en cine (Cuentos de Terramar)  a cargo de los Studio Ghibli. Palabras mayores sin duda.

El libro en la biblioteca

Obras de Le Guin en la biblioteca

Cuentos de Terramar (la película)

 

Posted in Literatura | Etiquetado: | Leave a Comment »

Crónicas marcianas. Fahrenheit 451

Posted by cienciayficcion en 07/05/2018

  • Bradbury, Ray: Crónicas marcianas. Fahrenheit 451. Barcelona : Mundo Actual Ediciones, 1981

Crónicas marcianas. Fahrenheit 451CRONICAS MARCIANAS

Esta colección de relatos recoge la crónica de la colonización de Marte por parte de una humanidad que huye de un mundo al borde de la destrucción. Los colonos llevan consigo sus deseos más íntimos, pero también sus miedos ancestrales, que se traducen en odio a lo diferente. Ray Bradbury se consolidó como escritor con esta obra, ahora un clásico de las letras norteamericanas, con su estilo rico, inmediato y conmovedor, que le ha valido el apelativo de poeta de la ciencia ficción. Bradbury se traslada al futuro para iluminar y explorar la naturaleza humana.

La colonización del planeta Marte contada por un poeta. Veintisiete años y pico de vida cotidiana en el astro rojo, desde el primer desembarco hasta la adaptación completa del hombre a su nuevo ambiente. “Nueva Iliada de unos tiempos futuros y lejanos“, como la denominió José Luis Garci, la obra es una prodigiosa aventura donde se alternan, en espléndida secuencia, emociones y acción, crítica y nostalgia, afanes y sobresaltos, deleites y sorpresas. A partir del primer contacto entre hombres y marcianos y hasta el momento en que los hombres se integran y empiezan a considerarse marcianos. Maravilla del género de ciencia ficción, Crónicas marcianas está considerada la mejor obra de Bradbury. O  una de las mejores. Porque acaso la supere en algún aspecto la novela que aquí la acompaña:

FAHRENHEIT 451

La temperatura a la que el papel se enciende y arde. Guy Montag es un bombero y el trabajo de un bombero es quemar libros, que están prohibidos porque son causa de discordia y sufrimiento. El Sabueso Mecánico del Departamento de Incendios, armado con una letal inyección hipodérmica, escoltado por helicópteros, está preparado para rastrear a los disidente que aún conservan y leen libros. Como 1984, de George Orwell, como Un mundo feliz, de Aldoux Huxley, Fahrenheit 451 describe una civilización occidental esclavizada por los medios, los tranquilizantes y el conformismo. La visión de Bradbury es asombrosamente profética: pantallas de televisión que ocupan paredes y exhiben folletines interactivos; avenidas donde los coches corren a 150 kilómetros por hora persiguiendo a peatones; una población que no escucha otra cosa que una insípida corriente de musica y noticias transmitidas por unos diminutos auriculares insertados en las orejas.

Está prohibido leer. Los libros son nefastos. Inducen a pensar. Siembran ideas. Emponzoñan el espíritu. Llegan incluso a convencer a la gente para que renuncie a la alienación en grupo que representa contemplar, junto a familiares y amigos, las imágenes televisadas que conducen a la dicha del anonadamiento intelectual. Ese es el aterrador mundo que se nos augura. Una sociedad en la que, cuando se oye pronunciar la palabra cultura, se tira de lanzallamas. Donde en cuanto se huele la existencia de una biblioteca se avisa a los bomberos para que la reduzcan a cenizas. Donde la censura campa por sus respeteos y la libertad de expresión se ha reprimido hasta ser puro arcaísmo. Y donde la única esperanza que le queda a la literatura reside en los hombres-libro, a quienes las autoridades tratan a toda costa de exterminar.

Posted in Literatura | Etiquetado: , | Leave a Comment »

The Angels of the World

Posted by cienciayficcion en 30/04/2018

09angels06angels

 

Este proyecto de Peter Wuethrich nos ha parecido algo tan sencillo, original y bonito que no podemos hacer otra cosa que hacernos eco:

The Angels of the World

Esperamos que os guste tanto como a nosotros.

Muchos de los trabajos de Peter utilizan los libros como materia prima o inspiración.

05angels

SONY DSC

Posted in Divulgación, Literatura | Etiquetado: , , , | Leave a Comment »

Las maravillas del año 2000

Posted by cienciayficcion en 24/04/2018

  • Salgari, Emilio: Las maravillas del año 2000. Barcelona : Casa Editorial Maucci, ¿1925?

Las maravillas del año 2000En el otoño de 1903 el joven James Brandok y el doctor Toby Holker, dispuestos a conocer el futuro, ingieren una poción que los mantendrá dormidos por cien años. Al despertar, conocerán las maravillas y los peligros del tercer milenio. Los prodigios tecnológicos a que asistía una generación fascinada por la ciencia se suman a los sombríos pronósticos sociales, en una literatura de anticipación que, con aciertos y errores, es en suma un formidable documento psicológico de las preocupaciones de otro fin de siglo, de cuyo sueño de cien años estamos despertando ahora.

Existen ediciones más modernas, pero esta de la década de los años veinte creemos que es la más adecuada para el tema del libro. ¿Cómo pensaría Emilio Salgari, con su fructífera imaginación, que sería el mundo en el siglo XXI? ¿Hacia dónde creería que irían los avances técnicos y los progresos sociales alguien que vive en una época convulsa, fructífera e innovadora como ninguna otra en la historia de la humanidad?

Google Books ofrece una vista previa de esta novela.

El libro en la biblioteca

Libros de Salgari en la biblioteca

Posted in Divulgación, Literatura | Leave a Comment »

Expedición a la Tierra

Posted by cienciayficcion en 09/04/2018

Expedición a la TierraLos once relatos breves reunidos en Expedición a la Tierra señalan la culminación de Arthur C. Clarke como autor de una ciencia-ficción a la vez imagintiva y rigurosa, de una extraordinaria versatilidad. ‘El centinela‘, germen de 2001, cuenta el descubrimiento de un monilito milenario en la Luna; en ‘Superioridad‘, el exclusivo desarrollo tecnológico militar es causa principal de debilidad; en ‘Lección de Historia‘, los venusinos tratan de reconstruir la extinta cultura terráquea a partir de un único registro: un dibujo de Walt Disney.

Posted in Literatura | Etiquetado: | Leave a Comment »

Cita con Rama

Posted by cienciayficcion en 26/03/2018

Cita con RamaEn “Cita con Rama” vuelve Clarke a su más característico estilo: el de introducir al lector, fácil e imperceptiblemente, en las complejidades de la técnica. Pero al mismo tiempo plantea, como en su mejor obra, un problema social, político y moral que hoy ya tenemos todos planteado: Cuando el hombre se enfrenta con lo extraño o desconocido reacciona agresivamente. Es algo irracional puesto que la agresividad nace de la idea, falsa, de creerse el centro del universo, el ombligo del mundo. Así todo lo que no encaja en nuestros esquemas mentales es enemigo. Y en el mejor de los casos un “benévolo salvador“. La pequeñez nuestra, la insignificancia que somos personal, políticamente y a escala cósmica, ni se nos ocurre. La indiferencia de Rama, su olímpica ignorancia de las pasiones que a su paso despertó en los hombres del tercer milenio, son abrumadoras, angustiosas para nuestro engreimiento.

Posted in Literatura | Leave a Comment »

Claro de Tierra

Posted by cienciayficcion en 22/03/2018

Claro de TierraClaro de Tierra se desarrolla en la Luna, doscientos años después de que los planetas habían sido colonizados por el hombre y cuando los habitantes de la Luna se consideraban independientes de las naciones de la Tierra y de la Tierra misma. Arthur C. Clarke decidió escribir esta novela en el año 1941 mientras contemplaba los humeantes escombros del East End londinense bombardeado. Entonces imaginó ‘otra’ guerra cuyo marco fuera la Luna. El New World Science Fiction escribía sobre aquél propósito: “A la manera del gran Wells…, la mejor descripción de una batalla espacial que hemos leído“.

En la superficie de la Luna tienen lugar las batallas imaginadas por el autor. Aunque hace treinta años (esta edición está publicada originalmente en 1977) a muchos les hubiera parecido ridículo que alguien pudiera pasearse por la Luna, los astronautas Dave Scott y Jim Irwin no sólo se paseaban por los lugares que Arthur C. Clarke había descrito sino que se paseaban por uno de los cráteres cuyo nombre se debía a su libro. Cuando el vehículo lunar bordeaba el cráter ‘Claro de Tierra‘, Mission Control radiaba que “Arthur C. Clarke podía sentirse orgulloso“.

Posted in Literatura | Etiquetado: | Leave a Comment »

Fuego brillante

Posted by cienciayficcion en 20/12/2016

imagesSin duda Fahrenheit 451 y Ray Bradbury son dos lagunas más que importantes en nuestra selección de obras literarias. Y lo son tanto por la calidad y originalidad de toda la obra literaria de Bradbury como por la relación que tiene Fahrenheit 451 con las bibliotecas, con su argumento sobre un futuro distópico en el que los bomberos queman libros y los ciudadanos se convierten en hombres-libro o bibliotecas humanas para poder conservar toda la herencia cultural y literaria de la humanidad.

Queremos realizar un más que obligado desagravio con esta entrada, que recoge el prólogo de Ray Bradbury a Fahrenheit 451, en el que relata de forma amena e ingeniosa el proceso de creación de esta obra, la situación política y social que se vivía en los Estados Unidos, así como su utilización y amor por las bibliotecas. Como resumen del contenido de este prólogo, bautizado como “Fuego brillante“, Ray Bradbury dice:

lo que ustedes tienen aquí es la relación amorosa de un escritor con las bibliotecas“.

Esperamos que disfruten de este texto tanto como lo hemos hecho nosotros:


FUEGO BRILLANTE

Cinco pequeños brincos y luego un gran salto.

Cinco petardos y luego una explosión.

Eso describe poco más o menos la génesis de Fahrenheit 451.

Cinco cuentos cortos, escritos durante un período de dos o tres años, hicieron que invirtiera nueve dólares y medio en monedas de diez centavos en alquilar una máquina de escribir en el sótano de una biblioteca, y acabara la novela corta en sólo nueve días.

¿Cómo es eso?

Primero, los saltitos, los petardos:

En un cuento corto, «Bonfire», que nunca vendí a ninguna revista, imaginé los pensamientos literarios de un hombre en la noche anterior al fin del mundo. Escribí unos cuantos relatos parecidos hace unos cuarenta y cinco años, no como una predicción, sino corno una advertencia, en ocasiones demasiado insistente. En «Bonfire», mi héroe enumera sus grandes pasiones. Algunas dicen así:

«Lo que más molestaba a William Peterson era Shakespeare y Platón y Aristóteles  y Jonathan  Swift  y  William  Faulkner,  y  los  poemas de,  bueno, Robert Frost, quizá, y John Donne y Robert Herrick. Todos arrojados a la Hoguera. Después imaginó las cenizas (porque en eso se convertirían). Pensó en las esculturas colosales de Michelangelo, y en el Greco y Renoir y en tantos otros. Mañana estarían todos muertos, Shakespeare y Frost junto con HuxIey, Picasso, Swift y Beethoven, toda aquella extraordinaria biblioteca y el bastante común propietario … »

No mucho después de «Bonfire» escribí un cuento más imaginativo, pienso, sobre el futuro próximo, «Bright Phoenix»: el patriota fanático local amenaza al bibliotecario del pueblo a propósito de unos cuantos miles de libros condenados a la hoguera. Cuando los incendiarios llegan para rociar los volúmenes con kerosene, el bibliotecario los invita a entrar, y en lugar de defenderse, utiliza contra ellos armas bastante sutiles y absolutamente obvias. Mientras recorremos la biblioteca y encontramos a los lectores que la habitan, se hace evidente que detrás de los ojos y entre las orejas de todos hay más de lo que podría imaginarse. Mientras quema los libros en el césped del jardín de la biblioteca, el Censor Jefe toma café con el bibliotecario del pueblo y habla con un camarero del bar de enfrente, que viene trayendo una jarra de humeante café.

-Hola, Keats -dije.

-Tiempo de brumas y frustración madura -dijo el camarero.

-¿Keats? -dijo el Censor jefe -. ¡No se llama Keats!

-Estúpido -dije -. Éste es un restaurante griego. ¿No es así, Platón?

El camarero volvió a llenarme la taza. -El pueblo tiene siempre algún campeón, a quien enaltece por encima de todo… Ésta y no otra es la raíz de la que nace un tirano; al principio es un protector.

Y más tarde, al salir del restaurante, Barnes tropezó con un anciano que casi cayó al suelo. Lo agarré del brazo.

-Profesor Einstein -dije yo.

-Señor Shakespeare -dijo él.

Y cuando la biblioteca cierra y un hombre alto sale de allí, digo: -Buenas noches, señor Lincoln …

Y él contesta: -Cuatro docenas y siete años …

El fanático incendiario de libros se da cuenta entonces de que todo el pueblo ha escondido los libros memorizándolos. ¡Hay libros por todas partes, escondidos en la cabeza de la gente! El hombre se vuelve loco, y la historia termina.

Para ser seguida por otras historias similares: «The Exiles», que trata de los personajes de los libros de Oz y Tarzán y Alicia, y de los personajes de los extraños cuentos escritos por Hawthorne y Poe, exiliados todos en Marte; uno por uno estos fantasmas se desvanecen y vuelan hacia una muerte definitiva cuando en la Tierra arden los últimos libros.

En «Usher H» mi héroe reúne en una casa de Marte a todos los incendiarios de libros, esas almas tristes que creen que la fantasía es perjudicial para la mente. Los hace bailar en el baile de disfraces de la Muerte Roja, y los ahoga a todos en una laguna negra, mientras la Segunda Casa Usher se hunde en un abismo insondable.

Ahora el quinto brinco antes del gran salto.

Hace unos cuarenta y dos años, año más o año menos, un escritor amigo mío y yo íbamos paseando y charlando por Wilshire, Los Angeles, cuando un coche de policía se detuvo y un agente salió y nos preguntó qué estábamos haciendo.

-Poniendo un pie delante del otro -le contesté, sabihondo. Ésa no era la respuesta apropiada.

El policía repitió la pregunta.

Engreído, respondí: -Respirando el aire, hablando, conversando, paseando. El oficial frunció el ceño. Me expliqué.

-Es ¡lógico que nos haya abordado. Si hubiéramos querido asaltar a alguien o robar en una tienda, habríamos conducido hasta aquí, habríamos asaltado o robado, y nos habríamos ido en coche. Como usted puede ver, no tenemos coche, sólo nuestros pies.

-¿Paseando, eh? -dijo el oficial -. ¿Sólo paseando?

Asentí y esperé a que la evidente verdad le entrara al fin en la cabeza.

-Bien -dijo el oficial -. Pero, ¡qué no se repita! Y el coche patrulla se alejó.

Atrapado por este encuentro al estilo de Alicia en el País de las Maravillas, corrí a casa a escribir «El peatón» que hablaba de un tiempo futuro en el que estaba prohibido caminar, y los peatones eran tratados como criminales. El relato fue rechazado por todas las revistas del país y acabó en el Reporter la espléndida revista política de Max Ascoli.

Doy gracias a Dios por el encuentro con el coche patrulla, la curiosa pregunta, mis respuestas estúpidas, porque si no hubiera escrito «El peatón» no habría podido sacar a mi criminal paseante nocturno para otro trabajo en la ciudad, unos meses más tarde.

Cuando lo hice, lo que empezó como una prueba de asociación de palabras o ideas se convirtió en una novela de 25.000 palabras titulada «The Fireman», que me costó mucho vender, pues era la época del Comité de Investigaciones de Actividades Antiamericanas, aunque mucho antes de que Joseph McCarthy saliera a escena con Bobby Kermedy al alcance de la mano para organizar nuevas pesquisas.

En la sala de mecanografía, en el sótano de la biblioteca, gasté la fortuna de nueve dólares y medio en monedas de diez centavos; compré tiempo y espacio junto con una docena de estudiantes sentados ante otras tantas máquinas de escribir.

Era relativamente pobre en 1950 y no podía permitirme una oficina. Un mediodía, vagabundeando por el campus de la UCLA, me llegó el sonido de un tecleo  desde  las  profundidades  y  fui  a  investigar.  Con  un  grito  de  alegría descubrí que, en efecto, había una sala de mecanografía con máquinas de escribir de alquiler donde por diez centavos la media hora uno podía sentarse y crear sin necesidad de tener una oficina decente.

Me senté y tres horas después advertí que me había atrapado una idea, pequeña al principio pero de proporciones gigantescas hacia el final. El concepto era tan absorbente que esa tarde me fue difícil salir del sótano de la biblioteca y tomar el autobús de vuelta a la realidad: mi casa, mi mujer y nuestra pequeña hija.

No puedo explicarles qué excitante aventura fue, un día tras otro, atacar la máquina de alquiler, meterle monedas de diez centavos, aporrearla como un loco, correr escaleras arriba para ir a buscar más monedas, meterse entre los estantes y volver a salir a toda prisa, sacar libros, escudriñar páginas, respirar el mejor polen del mundo, el polvo de los libros, que desencadena alergias literarias. Luego correr de vuelta abajo con el sonrojo del enamorado, habiendo encontrado una cita aquí, otra allá, que metería o embutiría en mi mito en gestación. Yo estaba, como el héroe de Melville, enloquecido por la locura. No podía detenerme. Yo no escribí Fahrenheit 451, él me escribió a mí. Había una circulación continua de energía que salía de la página y me entraba por los ojos y recorría mi sistema nervioso antes de salirme por las manos. La máquina de escribir y yo éramos hermanos siameses, unidos por las puntas de los dedos.

Fue un triunfo especial porque yo llevaba escribiendo relatos cortos desde los doce años, en el colegio y después, pensando siempre que quizá nunca me atrevería a saltar al abismo de una novela. Aquí, pues, estaba mi primer intento de salto, sin paracaídas, a una nueva forma. Con un entusiasmo desmedido a causa de mis carreras por la biblioteca, oliendo las encuadernaciones y saboreando las tintas, pronto descubrí, como he explicado antes, que nadie quería «The Fireman». Fue rechazado por todas las revistas y finalmente fue publicado por la revista Galaxy, cuyo editor, Horace Gold, era más valiente que la mayoría en aquellos tiempos.

¿Qué despertó mi inspiración? ¿Fue necesario todo un sistema de raíces de influencia, sí, que me impulsaran a tirarme de cabeza a la máquina de escribir y a salir chorreando de hipérboles, metáforas y símiles sobre fuego, imprentas y papiros?

Por supuesto: Hitler había quemado libros en Alemania en 1934, y se hablaba de los cerilleros y yesqueros de Stalin. Y además, mucho antes, hubo una caza de  brujas  en  Salem  en  1680,  en  la  que  mi  diez  veces  tatarabuela  Mary Bradbury fue condenada pero escapó a la hoguera. Y sobre todo fue mi formación romántica en la mitología romana, griega y egipcia, que empezó cuando yo tenía tres años. Sí, cuando yo tenía tres años, tres, sacaron a Tut de su tumba y lo mostraron en el suplemento semanal de los periódicos envuelto en toda una panoplia de oro, ¡y me pregunté qué sería aquello y se lo pregunté a mis padres!

De modo que era inevitable que acabara oyendo o leyendo sobre los tres incendios de la biblioteca de Alejandría; dos accidentales, y el otro intencionado. Tenía nueve años cuando me enteré y me eché a llorar. Porque, como niño extraño, yo ya era habitante de los altos áticos y los sótanos encantados de la biblioteca Carnegie de Waukegan, Illinois.

Puesto que he empezado, continuaré. A los ocho, nueve, doce y catorce años, no había nada más emocionante para mí que correr a la biblioteca cada lunes por la noche, mi hermano siempre delante para llegar primero. Una vez dentro, la vieja bibliotecaria (siempre fueron viejas en mi niñez) sopesaba el peso de los libros que yo llevaba y mi propio peso, y desaprobando la desigualdad (más libros que chico), me dejaba correr de vuelta a casa donde yo lamía y pasaba las páginas.

Mi locura persistió cuando mi familia cruzó el país en coche en 1932 y 1934 por la carretera 66. En cuanto nuestro viejo Buick se detenía, yo salía del coche y caminaba hacia la biblioteca más cercana, donde tenían que vivir otros Tarzanes, otros Tik Toks, otras Bellas y Bestias que yo no conocía.

Cuando salí de la escuela secundaria, no tenía dinero para ir a la universidad. Vendí periódicos en una esquina durante tres años y me encerraba en la biblioteca del centro tres o cuatro días a la semana, y a menudo escribí cuentos cortos en docenas de esos pequeños tacos de papel que hay repartidos por las bibliotecas, como un servicio para los lectores. Emergí de la biblioteca a los veintiocho años. Años más tarde, durante una conferencia en una universidad, habiendo oído de mi total inmersión en la literatura, el decano de la facultad me obsequió con birrete, toga y un diploma, como «graduado» de la biblioteca.

Con  la  certeza  de  que  estaría  solo  y  necesitando  ampliar  mi  formación, incorporé a mi vida a mi profesor de poesía y a mi profesora de narrativa breve de la escuela secundaria de Los Angeles. Esta última, Jermet Johnson, murió a los noventa años hace sólo unos años, no mucho después de informarse sobre mis hábitos de lectura.

En  los  últimos  cuarenta  años  es  posible  que  haya  escrito  más  poemas, ensayos, cuentos, obras teatrales y novelas sobre bibliotecas, bibliotecarios y autores que cualquier otro escritor. He escrito poemas como Emily Dickinson, Where Are You? Hermann Melville Called Your Name Last Night In His Sleep. Y otro reivindicando a Emily y el señor Poe como mis padres. Y un cuento en el que Charles Dickens se muda a la buhardilla de la casa de mis abuelos en el verano de 1932, me llama Pip, y me permite ayudarlo a terminar Historia de dos ciudades. Finalmente, la biblioteca de La feria de las tinieblas es el punto de cita para un encuentro a medianoche entre el Bien y el Mal. La señora Halloway y el señor Dark. Todas las mujeres de mi vida han sido profesoras, bibliotecarias y libreras. Conocí a mi mujer, Maggie, en una librería en la primavera de 1946.

Pero volvamos a «El peatón» y el destino que corrió después de ser publicado en una revista de poca categoría. ¿Cómo creció hasta ser dos veces más extenso y salir al mundo?

En 1953 ocurrieron dos agradables novedades. Ian Ballantine se embarcó en una aventura arriesgada, una colección en la que se publicarían las novelas en tapa dura y rústica a la vez. Ballantine vio en Fahrenheit 451 las cualidades de una novela decente si yo añadía otras 25.000 palabras a las primeras 25.000.

¿Podía hacerse? Al recordar mi inversión en monedas de diez centavos y mi galopante ir y venir por las escaleras de la biblioteca de UCLA a la sala de mecanografía, temí volver a reencender el libro y recocer los personajes. Yo soy un escritor apasionado, no intelectual, lo que quiere decir que mis personajes tienen que adelantarse a mí para vivir la historia. Si mi intelecto los alcanza demasiado pronto, toda la aventura puede quedar empantanada en la duda y en innumerables juegos mentales.

La mejor respuesta fue fijar una fecha y pedirle a Stanley Kauffmann, mi editor de Ballantine, que viniera a la costa en agosto. Eso aseguraría, pensé, que este libro Lázaro se levantara de entre los muertos. Eso además de las conversaciones que mantenía en mi cabeza con el jefe de Bomberos, Beatty, y la idea misma de futuras hogueras de libros. Si era capaz de volver a encender a Beatty, de dejarlo levantarse y exponer su filosofía, aunque fuera cruel o lunática, sabía que el libro saldría del sueño y seguiría a Beatty.

Volví a la biblioteca de la UCLA, cargando medio kilo de monedas de diez centavos para terminar mi novela. Con Stan Kauffmann abatiéndose sobre mí desde el cielo, terminé de revisar la última página a mediados de agosto. Estaba entusiasmado, y Stan me animó con su propio entusiasmo.

En medio de todo lo cual recibí una llamada telefónica que nos dejó estupefactos a todos. Era John Houston, que me invitó a ir a su hotel y me preguntó si me gustaría pasar ocho meses en Irlanda para escribir el guión de Moby Dick.

Qué año, qué mes, qué semana.

Acepté el trabajo, claro está, y partí unas pocas semanas más tarde, con mi esposa y mis dos hijas, para pasar la mayor parte del año siguiente en ultramar. Lo que significó que tuve que apresurarme a terminar las revisiones menores de mi brigada de bomberos.

En ese momento ya estábamos en pleno período macartista- McCarthy había obligado al ejército a retirar algunos libros «corruptos» de las bibliotecas en el extranjero. El antes general, y por aquel entonces presidente Eisenhower, uno de los pocos valientes de aquel año, ordenó que devolvieran los libros a los estantes.

Mientras tanto, nuestra búsqueda de una revista que publicara partes de Fahrenheit 451 llegó a un punto muerto. Nadie quería arriesgarse con una novela que tratara de la censura, futura, presente o pasada.

Fue entonces cuando ocurrió la segunda gran novedad. Un joven editor de Chicago, escaso de dinero pero visionario, vio mi manuscrito y lo compró por cuatrocientos cincuenta dólares, que era todo lo que tenía. Lo publicaría en los número dos, tres y cuatro de la revista que estaba a punto de lanzar.

El joven era Hugh Hefner. La revista era P1ayboy, que llegó durante el invierno de 1953 a 1954 para escandalizar y mejorar el mundo. El resto es historia. A partir de ese modesto principio, un valiente editor en una nación atemorizada sobrevivió y prosperó. Cuando hace unos meses vi a Hefner en la inauguración de sus nuevas oficinas en California, me estrechó la mano y dijo: «Gracias por estar allí». Sólo yo supe a qué se refería.

Sólo resta mencionar una predicción que mi Bombero jefe, Beatty, hizo en 1953, en medio de mi libro. Se refería a la posibilidad de quemar libros sin cerillas ni fuego. Porque no hace falta quemar libros si el mundo empieza a llenarse de gente que no lee, que no aprende, que no sabe. Si el baloncesto y el fútbol inundan el mundo a través de la MTV, no se necesitan Beattys que prendan fuego al kerosene o persigan al lector. Si la enseñanza primaria se disuelve y desaparece a través de las grietas y de la ventilación de la clase, ¿quién, después de un tiempo, lo sabrá, o a quién le importará?

No todo está perdido, por supuesto. Todavía estamos a tiempo si evaluamos adecuadamente y por igual a profesores, alumnos y padres, si hacemos de la calidad una responsabilidad compartida, si nos aseguramos de que al cumplir los seis años cualquier niño en cualquier país puede disponer de una biblioteca y aprender casi por osmosis; entonces las cifras de drogados, bandas callejeras, violaciones y asesinatos se reducirán casi a cero. Pero el Bombero jefe en la mitad de la novela lo explica todo, y predice los anuncios televisivos de un minuto, con tres imágenes por segundo, un bombardeo sin tregua. Escúchenlo, comprendan lo que quiere decir, y entonces vayan a sentarse con su hijo, abran un libro y vuelvan la página.

Pues bien, al final lo que ustedes tienen aquí es la relación amorosa de un escritor con las bibliotecas; o la relación amorosa de un hombre triste, Montag, no con la chica de la puerta de al lado, sino con una mochila de libros. ¡Menudo romance! El hacedor de listas de «Bonfire» se convierte en el bibliotecario de «Bright Phoenix» que memoriza a Lincoln y Sócrates, se transforma en «El peatón» que pasea de noche y termina siendo Montag, el hombre que olía a kerosene y encontró a Clarisse. La muchacha le olió el uniforme y le reveló la espantosa misión de un bombero, revelación que llevó a Montag a aparecer en mi máquina de escribir un día hace cuarenta años y a suplicar que le permitiera nacer.

-Ve -dije a Montag, metiendo otra moneda en la máquina -, y vive tu vida, cambiándola mientras vives. Yo te seguiré.

Montag corrió. Yo fui detrás. Ésta es la novela de Montag.

Le agradezco que la escribiera para mí.

Ray Bradbury, febrero de 1993.

Posted in Bibliotecas, Literatura | Etiquetado: | 2 Comments »

Loa homérica contemporánea

Posted by cienciayficcion en 13/12/2016

cartel_relatos

Este relato, Loa homérica contemporánea, de Víctor Enguita Vileta obtuvo el primer premio en el II Concurso de relatos cortos “Facultad de Ciencias”.


LOA HOMÉRICA CONTEMPORÁNEA

Piden, Crónida, estos numerosos oyentes, conocer cuál de entre tus hijos dio a aquél héroe su fuerza, para destacar entre el resto y alcanzar la gloria. ¿Fue tu ojizarca hija, Atenea, que llenó de ingenio las mientes de Ulises, fecundo en ardides, cuando anhelaba el retorno desde sus cóncavas naves, retornando de Ilio? ¿Hizo atinado su ánimo Apolo, el que hiere de lejos, para que como una broncínea pica su mecánico artilugio se clavara profundo en el corazón de su horripilante enemigo, que la muerte sembraba incluso entre los suyos? ¿No fue acaso tu esclarecido hermano, Poseidón, sacudidor de la tierra, enfurecido por el soberbio proceder de los sigilosos submarinos, oceánicos rapaces, que surcan el largo ponto, rasantes al fondo, y son temidos por los navegantes intrépidos? Deléitanos, acumulador de nubes, con su ilustre historia, y cuéntanosla mientras te escuchamos, admirados por tu elocuencia.

Haré lo que me pides, mortal de voz a la de los dioses pareja, pues no hay tragedia que tenga como protagonista héroe, a un hombre más desgraciado que este, olvidado por los dioses tras breve tiempo de fortuna. Ahora apenado espera la muerte; su aciago hado es morir envenenado, a manos de un hombre siniestro, de ánimo homicida, o bien por error, en su bien iluminado laboratorio, abundante en azogue y cianuro; ¡de momento sólo las parcas lo saben!. Pronto su espíritu le abandonará el cuerpo y descenderá ligero a los Elíseos, para vivir con los más eminentes sabios y los audaces guerreros, pues ninguna bien equilibrada lanza, de luenga asta, ha ayudado nunca a voltear las tornas de alguna bélica contienda como su divina máquina, de engranajes repleta. Por ello no hablemos más de su desgracia, célebres oyentes, sino loemos su obra, pues él salvó a muchos hombres y les evitó el viaje prematuro al Hades. ¡Él fue el insigne Alan Turing, de los sabios referente! Su ilustre invento descifró enigmas que resistieron ante los hombres, y hasta al olímpico Hermes hastiaron, tras obstinada porfía. Él persiguió sus alados propósitos, y así destacó entre los hombres, como un héroe entre los mejores; de entre todos los sabios, no muchos, sino muy pocos, han alcanzado la gloria, como benefactores de la paz en tiempos de guerra. ¡Conocéis ahora al gran hombre, esclarecidos espectadores, así que ahora comencemos, en breve tiempo, con su detallada historia…

Mi vida se agota en la dolorosa quietud de mi morada, de bien construidas puertas y espaciosas habitaciones. La injusticia ha truncado mi destino, ¿quién se acuerda de mí, y lo hace sin repulsa? Los hombres me han abandonado, y sólo las ciencias son un consuelo. ¿Cómo la condición natural de un hombre, de inocente hechura, puede causar en el resto la cólera, y de su ruina la búsqueda? Oh, musas, que habitáis en olímpicas moradas, inspirad a algún aedo, de recónditos versos, o a algún poeta de estrofas bien regladas, para que recuerde a este erudito en su oda, al menos una vez más, en el transcurso de la historia. Y si son muchos los que de mí se acuerdan, que todos ellos canten sobre mis virtuosas obras, y condenen mi conjurada ignominia. Que escriban todos hermosos versos para que algún día, al recitarlos algún hombre diga, ¡este de aquí fue Alan Turing, afamado hombre de ciencia, que salvó a miles de hombres de la muerte, y acabó con la guerra! ¡En él se inspiran muchos bien rimados versos, que a los mortales deleitan!

Posted in Divulgación, Literatura | Etiquetado: , , , , , | Leave a Comment »