Ciencia y Ficción: Biblioteca de Ciencias

Blog de la Biblioteca de la Facultad de Ciencias de la Universidad de Zaragoza

Sabias

Posted by cienciayficcion en 16/02/2017

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El libro en la biblioteca

En este libro rescatamos la historia de algunas de las mujeres que han hecho contribuciones relevantes en la ciencia y paralelamente, para entender por qué fueron tan escasas y hoy son tan desconocidas, realizamos un paseo por la historia. En este paseo decubriremos que hasta bien entrado el siglo XX las mujeres tuvieron vetado el ingreso en las universidades y el ejercicio de muchas profesiones que requerían estudios, y que antes habían sido expulsadas de las bibliotecas de los monasterios, los centros donde se refugió el saber durante la Edad Media. También investigaremos por qué sus historias fueron borradas de los anales de la ciencia o sus contribuciones les fueron arrebatadas.

Hoy su redescubrimiento es un ejercicio de justicia histórica para que por fin brillen con todo su esplendor.

Que menos que este post sobre este libro, como mínimo homenaje, con retraso, al “Día internacional de la mujer y de la niña en la ciencia“, que se celebró el pasado día 11 de febrero.

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Fuego brillante

Posted by cienciayficcion en 20/12/2016

imagesSin duda Fahrenheit 451 y Ray Bradbury son dos lagunas más que importantes en nuestra selección de obras literarias. Y lo son tanto por la calidad y originalidad de toda la obra literaria de Bradbury como por la relación que tiene Fahrenheit 451 con las bibliotecas, con su argumento sobre un futuro distópico en el que los bomberos queman libros y los ciudadanos se convierten en hombres-libro o bibliotecas humanas para poder conservar toda la herencia cultural y literaria de la humanidad.

Queremos realizar un más que obligado desagravio con esta entrada, que recoge el prólogo de Ray Bradbury a Fahrenheit 451, en el que relata de forma amena e ingeniosa el proceso de creación de esta obra, la situación política y social que se vivía en los Estados Unidos, así como su utilización y amor por las bibliotecas. Como resumen del contenido de este prólogo, bautizado como “Fuego brillante“, Ray Bradbury dice:

lo que ustedes tienen aquí es la relación amorosa de un escritor con las bibliotecas“.

Esperamos que disfruten de este texto tanto como lo hemos hecho nosotros:


FUEGO BRILLANTE

Cinco pequeños brincos y luego un gran salto.

Cinco petardos y luego una explosión.

Eso describe poco más o menos la génesis de Fahrenheit 451.

Cinco cuentos cortos, escritos durante un período de dos o tres años, hicieron que invirtiera nueve dólares y medio en monedas de diez centavos en alquilar una máquina de escribir en el sótano de una biblioteca, y acabara la novela corta en sólo nueve días.

¿Cómo es eso?

Primero, los saltitos, los petardos:

En un cuento corto, «Bonfire», que nunca vendí a ninguna revista, imaginé los pensamientos literarios de un hombre en la noche anterior al fin del mundo. Escribí unos cuantos relatos parecidos hace unos cuarenta y cinco años, no como una predicción, sino corno una advertencia, en ocasiones demasiado insistente. En «Bonfire», mi héroe enumera sus grandes pasiones. Algunas dicen así:

«Lo que más molestaba a William Peterson era Shakespeare y Platón y Aristóteles  y Jonathan  Swift  y  William  Faulkner,  y  los  poemas de,  bueno, Robert Frost, quizá, y John Donne y Robert Herrick. Todos arrojados a la Hoguera. Después imaginó las cenizas (porque en eso se convertirían). Pensó en las esculturas colosales de Michelangelo, y en el Greco y Renoir y en tantos otros. Mañana estarían todos muertos, Shakespeare y Frost junto con HuxIey, Picasso, Swift y Beethoven, toda aquella extraordinaria biblioteca y el bastante común propietario … »

No mucho después de «Bonfire» escribí un cuento más imaginativo, pienso, sobre el futuro próximo, «Bright Phoenix»: el patriota fanático local amenaza al bibliotecario del pueblo a propósito de unos cuantos miles de libros condenados a la hoguera. Cuando los incendiarios llegan para rociar los volúmenes con kerosene, el bibliotecario los invita a entrar, y en lugar de defenderse, utiliza contra ellos armas bastante sutiles y absolutamente obvias. Mientras recorremos la biblioteca y encontramos a los lectores que la habitan, se hace evidente que detrás de los ojos y entre las orejas de todos hay más de lo que podría imaginarse. Mientras quema los libros en el césped del jardín de la biblioteca, el Censor Jefe toma café con el bibliotecario del pueblo y habla con  un  camarero  del  bar  de  enfrente,  que  viene  trayendo  una  jarra  de humeante café.

-Hola, Keats -dije.

-Tiempo de brumas y frustración madura -dijo el camarero.

-¿Keats? -dijo el Censor jefe -. ¡No se llama Keats!

-Estúpido -dije -. Éste es un restaurante griego. ¿No es así, Platón?

El camarero volvió a llenarme la taza. -El pueblo tiene siempre algún campeón, a quien enaltece por encima de todo… Ésta y no otra es la raíz de la que nace un tirano; al principio es un protector.

Y más tarde, al salir del restaurante, Barnes tropezó con un anciano que casi cayó al suelo. Lo agarré del brazo.

-Profesor Einstein -dije yo.

-Señor Shakespeare -dijo él.

Y cuando la biblioteca cierra y un hombre alto sale de allí, digo: -Buenas noches, señor Lincoln …

Y él contesta: -Cuatro docenas y siete años …

El fanático incendiario de libros se da cuenta entonces de que todo el pueblo ha escondido los libros memorizándolos. ¡Hay libros por todas partes, escondidos en la cabeza de la gente! El hombre se vuelve loco, y la historia termina.

Para ser seguida por otras historias similares: «The Exiles», que trata de los personajes de los libros de Oz y Tarzán y Alicia, y de los personajes de los extraños cuentos escritos por Hawthorne y Poe, exiliados todos en Marte; uno por uno estos fantasmas se desvanecen y vuelan hacia una muerte definitiva cuando en la Tierra arden los últimos libros.

En «Usher H» mi héroe reúne en una casa de Marte a todos los incendiarios de libros, esas almas tristes que creen que la fantasía es perjudicial para la mente. Los hace bailar en el baile de disfraces de la Muerte Roja, y los ahoga a todos en una laguna negra, mientras la Segunda Casa Usher se hunde en un abismo insondable.

Ahora el quinto brinco antes del gran salto.

Hace unos cuarenta y dos años, año más o año menos, un escritor amigo mío y yo íbamos paseando y charlando por Wilshire, Los Angeles, cuando un coche de policía se detuvo y un agente salió y nos preguntó qué estábamos haciendo.

-Poniendo un pie delante del otro -le contesté, sabihondo. Ésa no era la respuesta apropiada.

El policía repitió la pregunta.

Engreído, respondí: -Respirando el aire, hablando, conversando, paseando. El oficial frunció el ceño. Me expliqué.

-Es ¡lógico que nos haya abordado. Si hubiéramos querido asaltar a alguien o robar en una tienda, habríamos conducido hasta aquí, habríamos asaltado o robado, y nos habríamos ido en coche. Como usted puede ver, no tenemos coche, sólo nuestros pies.

-¿Paseando, eh? -dijo el oficial -. ¿Sólo paseando?

Asentí y esperé a que la evidente verdad le entrara al fin en la cabeza.

-Bien -dijo el oficial -. Pero, ¡qué no se repita! Y el coche patrulla se alejó.

Atrapado por este encuentro al estilo de Alicia en el País de las Maravillas, corrí a casa a escribir «El peatón» que hablaba de un tiempo futuro en el que estaba prohibido caminar, y los peatones eran tratados como criminales. El relato fue rechazado por todas las revistas del país y acabó en el Reporter la espléndida revista política de Max Ascoli.

Doy gracias a Dios por el encuentro con el coche patrulla, la curiosa pregunta, mis respuestas estúpidas, porque si no hubiera escrito «El peatón» no habría podido sacar a mi criminal paseante nocturno para otro trabajo en la ciudad, unos meses más tarde.

Cuando lo hice, lo que empezó como una prueba de asociación de palabras o ideas se convirtió en una no vela de 25.000 palabras titulada «The Fireman», que me costó mucho vender, pues era la época del Comité de Investigaciones de Actividades Antiamericanas, aunque mucho antes de que Joseph McCarthy saliera a escena con Bobby Kermedy al alcance de la mano para organizar nuevas pesquisas.

En la sala de mecanografía, en el sótano de la biblioteca, gasté la fortuna de nueve dólares y medio en monedas de diez centavos; compré tiempo y espacio junto con una docena de estudiantes sentados ante otras tantas máquinas de escribir.

Era relativamente pobre en 1950 y no podía permitirme una oficina. Un mediodía, vagabundeando por el campus de la UCLA, me llegó el sonido de un tecleo  desde  las  profundidades  y  fui  a  investigar.  Con  un  grito  de  alegría descubrí que, en efecto, había una sala de mecanografía con máquinas de escribir de alquiler donde por diez centavos la media hora uno podía sentarse y crear sin necesidad de tener una oficina decente.

Me senté y tres horas después advertí que me había atrapado una idea, pequeña  al  principio  pero  de  proporciones  gigantescas  hacia  el  final.  El concepto era tan absorbente que esa tarde me fue difícil salir del sótano de la biblioteca y tomar el autobús de vuelta a la realidad: mi casa, mi mujer y nuestra pequeña hija.

No puedo explicarles qué excitante aventura fue, un día tras otro, atacar la máquina de alquiler, meterle monedas de diez centavos, aporrearla como un loco, correr escaleras arriba para ir a buscar más monedas, meterse entre los estantes y volver a salir a toda prisa, sacar libros, escudriñar páginas, respirar el mejor polen del mundo, el polvo de los libros, que desencadena alergias literarias. Luego correr de vuelta abajo con el sonrojo del enamorado, habiendo encontrado una cita aquí, otra allá, que metería o embutiría en mi mito en gestación. Yo estaba, como el héroe de Melville, enloquecido por la locura. No podía detenerme. Yo no escribí Fahrenheit 451, él me escribió a mí. Había una circulación continua de energía que salía de la página y me entraba por los ojos y recorría mi sistema nervioso antes de salirme por las manos. La máquina de escribir y yo éramos hermanos siameses, unidos por las puntas de los dedos.

Fue un triunfo especial porque yo llevaba escribiendo relatos cortos desde los doce años, en el colegio y después, pensando siempre que quizá nunca me atrevería a saltar al abismo de una novela. Aquí, pues, estaba mi primer intento de salto, sin paracaídas, a una nueva forma. Con un entusiasmo desmedido a causa de mis carreras por la biblioteca, oliendo las encuadernaciones y saboreando las tintas, pronto descubrí, como he explicado antes, que nadie quería «The Fireman». Fue rechazado por todas las revistas y finalmente fue publicado por la revista Galaxy, cuyo editor, Horace Gold, era más valiente que la mayoría en aquellos tiempos.

¿Qué despertó mi inspiración? ¿Fue necesario todo un sistema de raíces de influencia, sí, que me impulsaran a tirarme de cabeza a la máquina de escribir y a salir chorreando de hipérboles, metáforas y símiles sobre fuego, imprentas y papiros?

Por supuesto: Hitler había quemado libros en Alemania en 1934, y se hablaba de los cerilleros y yesqueros de Stalin. Y además, mucho antes, hubo una caza de  brujas  en  Salem  en  1680,  en  la  que  mi  diez  veces  tatarabuela  Mary Bradbury fue condenada pero escapó a la hoguera. Y sobre todo fue mi formación romántica en la mitología romana, griega y egipcia, que empezó cuando yo tenía tres años. Sí, cuando yo tenía tres años, tres, sacaron a Tut de su tumba y lo mostraron en el suplemento semanal de los periódicos envuelto en toda una panoplia de oro, ¡y me pregunté qué sería aquello y se lo pregunté a mis padres!

De modo que era inevitable que acabara oyendo o leyendo sobre los tres incendios   de   la   biblioteca   de   Alejandría;   dos   accidentales,   y   el   otro intencionado. Tenía nueve años cuando me enteré y me eché a llorar. Porque, como niño extraño, yo ya era habitante de los altos áticos y los sótanos encantados de la biblioteca Carnegie de Waukegan, Illinois.

Puesto que he empezado, continuaré. A los ocho, nueve, doce y catorce años, no había nada más emocionante para mí que correr a la biblioteca cada lunes por la noche, mi hermano siempre delante para llegar primero. Una vez dentro, la vieja bibliotecaria (siempre fueron viejas en mi niñez) sopesaba el peso de los libros que yo llevaba y mi propio peso, y desaprobando la desigualdad (más libros que chico), me dejaba correr de vuelta a casa donde yo lamía y pasaba las páginas.

Mi locura persistió cuando mi familia cruzó el país en coche en 1932 y 1934 por la carretera 66. En cuanto nuestro viejo Buick se detenía, yo salía del coche y caminaba hacia la biblioteca más cercana, donde tenían que vivir otros Tarzanes, otros Tik Toks, otras Bellas y Bestias que yo no conocía.

Cuando salí de la escuela secundaria, no tenía dinero para ir a la universidad. Vendí periódicos en una esquina durante tres años y me encerraba en la biblioteca del centro tres o cuatro días a la semana, y a menudo escribí cuentos cortos en docenas de esos pequeños tacos de papel que hay repartidos por las bibliotecas, como un servicio para los lectores. Emergí de la biblioteca a los veintiocho años. Años más tarde, durante una conferencia en una universidad, habiendo oído de mi total inmersión en la literatura, el decano de la facultad me obsequió con birrete, toga y un diploma, como «graduado» de la biblioteca.

Con  la  certeza  de  que  estaría  solo  y  necesitando  ampliar  mi  formación, incorporé a mi vida a mi profesor de poesía y a mi profesora de narrativa breve de la escuela secundaria de Los Angeles. Esta última, Jermet Johnson, murió a los noventa años hace sólo unos años, no mucho después de informarse sobre mis hábitos de lectura.

En  los  últimos  cuarenta  años  es  posible  que  haya  escrito  más  poemas, ensayos, cuentos, obras teatrales y novelas sobre bibliotecas, bibliotecarios y autores que cualquier otro escritor. He escrito poemas como Emily Dickinson, Where Are You? Hermann Melville Called Your Name Last Night In His Sleep. Y otro reivindicando a Emily y el señor Poe como mis padres. Y un cuento en el que Charles Dickens se muda a la buhardilla de la casa de mis abuelos en el verano de 1932, me llama Pip, y me permite ayudarlo a terminar Historia de dos ciudades. Finalmente, la biblioteca de La feria de las tinieblas es el punto de cita para un encuentro a medianoche entre el Bien y el Mal. La señora Halloway y el señor Dark. Todas las mujeres de mi vida han sido profesoras, bibliotecarias y libreras. Conocí a mi mujer, Maggie, en una librería en la primavera de 1946.

Pero volvamos a «El peatón» y el destino que corrió después de ser publicado en una revista de poca categoría. ¿Cómo creció hasta ser dos veces más extenso y salir al mundo?

En 1953 ocurrieron dos agradables novedades. Ian Ballantine se embarcó en una aventura arriesgada, una colección en la que se publicarían las novelas en tapa dura y rústica a la vez. Ballantine vio en Fahrenheit 451 las cualidades de una novela decente si yo añadía otras 25.000 palabras a las primeras 25.000.

¿Podía hacerse? Al recordar mi inversión en monedas de diez centavos y mi galopante ir y venir por las escaleras de la biblioteca de UCLA a la sala de mecanografía, temí volver a reencender el libro y recocer los personajes. Yo soy  un  escritor  apasionado,  no  intelectual,  lo  que  quiere  decir  que  mis personajes tienen que adelantarse a mí para vivir la historia. Si mi intelecto los alcanza demasiado pronto, toda la aventura puede quedar empantanada en la duda y en innumerables juegos mentales.

La mejor respuesta fue fijar una fecha y pedirle a Stanley Kauffmann, mi editor de Ballantine, que viniera a la costa en agosto. Eso aseguraría, pensé, que este libro Lázaro se levantara de entre los muertos. Eso además de las conversaciones que mantenía en mi cabeza con el jefe de Bomberos, Beatty, y la idea misma de futuras hogueras de libros. Si era capaz de volver a encender a Beatty, de dejarlo levantarse y exponer su filosofía, aunque fuera cruel o lunática, sabía que el libro saldría del sueño y seguiría a Beatty.

Volví a la biblioteca de la UCLA, cargando medio kilo de monedas de diez centavos para terminar mi novela. Con Stan Kauffmann abatiéndose sobre mí desde el cielo, terminé de revisar la última página a mediados de agosto. Estaba entusiasmado, y Stan me animó con su propio entusiasmo.

En  medio  de  todo  lo  cual  recibí  una  llamada  telefónica  que  nos  dejó estupefactos a todos. Era John Houston, que me invitó a ir a su hotel y me preguntó si me gustaría pasar ocho meses en Irlanda para escribir el guión de Moby Dick.

Qué año, qué mes, qué semana.

Acepté el trabajo, claro está, y partí unas pocas semanas más tarde, con mi esposa  y  mis  dos  hijas,  para  pasar  la  mayor  parte  del  año  siguiente  en ultramar. Lo que significó que tuve que apresurarme a terminar las revisiones menores de mi brigada de bomberos.

En ese momento ya estábamos en pleno período macartista- McCarthy había obligado al ejército a retirar algunos libros «corruptos» de las bibliotecas en el extranjero. El antes general, y por aquel entonces presidente Eisenhower, uno de los pocos valientes de aquel año, ordenó que devolvieran los libros a los estantes.

Mientras tanto, nuestra búsqueda de una revista que publicara partes de Fahrenheit 451 llegó a un punto muerto. Nadie quería arriesgarse con una novela que tratara de la censura, futura, presente o pasada.

Fue entonces cuando ocurrió la segunda gran novedad. Un joven editor de Chicago, escaso de dinero pero visionario, vio mi manuscrito y lo compró por cuatrocientos cincuenta dólares, que era todo lo que tenía. Lo publicaría en los número dos, tres y cuatro de la revista que estaba a punto de lanzar.

El joven era Hugh Hefner. La revista era P1ayboy, que llegó durante el invierno de 1953 a 1954 para escandalizar y mejorar el mundo. El resto es historia. A partir de ese modesto principio, un valiente editor en una nación atemorizada sobrevivió y prosperó. Cuando hace unos meses vi a Hefner en la inauguración de sus nuevas oficinas en California, me estrechó la mano y dijo: «Gracias por estar allí». Sólo yo supe a qué se refería.

Sólo resta mencionar una predicción que mi Bombero jefe, Beatty, hizo en 1953, en medio de mi libro. Se refería a la posibilidad de quemar libros sin cerillas ni fuego. Porque no hace falta quemar libros si el mundo empieza a llenarse de gente que no lee, que no aprende, que no sabe. Si el baloncesto y el fútbol inundan el mundo a través de la MTV, no se necesitan Beattys que prendan fuego al kerosene o persigan al lector. Si la enseñanza primaria se disuelve y desaparece a través de las grietas y de la ventilación de la clase, ¿quién, después de un tiempo, lo sabrá, o a quién le importará?

No todo está perdido, por supuesto. Todavía estamos a tiempo si evaluamos adecuadamente y por igual a profesores, alumnos y padres, si hacemos de la calidad una responsabilidad compartida, si nos aseguramos de que al cumplir los seis años cualquier niño en cualquier país puede disponer de una biblioteca y  aprender  casi  por  osmosis;  entonces  las  cifras  de  drogados,  bandas callejeras, violaciones y asesinatos se reducirán casi a cero. Pero el Bombero jefe en la mitad de la novela lo explica todo, y predice los anuncios televisivos de un minuto, con tres imágenes por segundo, un bombardeo sin tregua. Escúchenlo, comprendan lo que quiere decir, y entonces vayan a sentarse con su hijo, abran un libro y vuelvan la página.

Pues bien, al final lo que ustedes tienen aquí es la relación amorosa de un escritor con las bibliotecas; o la relación amorosa de un hombre triste, Montag, no con la chica de la puerta de al lado, sino con una mochila de libros. ¡Menudo romance! El hacedor de listas de «Bonfire» se convierte en el bibliotecario de «Bright Phoenix» que memoriza a Lincoln y Sócrates, se transforma en «El peatón» que pasea de noche y termina siendo Montag, el hombre que olía a kerosene y encontró a Clarisse. La muchacha le olió el uniforme y le reveló la espantosa misión de un bombero, revelación que llevó a Montag a aparecer en mi máquina de escribir un día hace cuarenta años y a suplicar que le permitiera nacer.

-Ve -dije a Montag, metiendo otra moneda en la máquina -, y vive tu vida, cambiándola mientras vives. Yo te seguiré.

Montag corrió. Yo fui detrás. Ésta es la novela de Montag.

Le agradezco que la escribiera para mí.

Ray Bradbury, febrero de 1993.

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Loa homérica contemporánea

Posted by cienciayficcion en 13/12/2016

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Este relato, Loa homérica contemporánea, de Víctor Enguita Vileta obtuvo el primer premio en el II Concurso de relatos cortos “Facultad de Ciencias”.


LOA HOMÉRICA CONTEMPORÁNEA

Piden, Crónida, estos numerosos oyentes, conocer cuál de entre tus hijos dio a aquél héroe su fuerza, para destacar entre el resto y alcanzar la gloria. ¿Fue tu ojizarca hija, Atenea, que llenó de ingenio las mientes de Ulises, fecundo en ardides, cuando anhelaba el retorno desde sus cóncavas naves, retornando de Ilio? ¿Hizo atinado su ánimo Apolo, el que hiere de lejos, para que como una broncínea pica su mecánico artilugio se clavara profundo en el corazón de su horripilante enemigo, que la muerte sembraba incluso entre los suyos? ¿No fue acaso tu esclarecido hermano, Poseidón, sacudidor de la tierra, enfurecido por el soberbio proceder de los sigilosos submarinos, oceánicos rapaces, que surcan el largo ponto, rasantes al fondo, y son temidos por los navegantes intrépidos? Deléitanos, acumulador de nubes, con su ilustre historia, y cuéntanosla mientras te escuchamos, admirados por tu elocuencia.

Haré lo que me pides, mortal de voz a la de los dioses pareja, pues no hay tragedia que tenga como protagonista héroe, a un hombre más desgraciado que este, olvidado por los dioses tras breve tiempo de fortuna. Ahora apenado espera la muerte; su aciago hado es morir envenenado, a manos de un hombre siniestro, de ánimo homicida, o bien por error, en su bien iluminado laboratorio, abundante en azogue y cianuro; ¡de momento sólo las parcas lo saben!. Pronto su espíritu le abandonará el cuerpo y descenderá ligero a los Elíseos, para vivir con los más eminentes sabios y los audaces guerreros, pues ninguna bien equilibrada lanza, de luenga asta, ha ayudado nunca a voltear las tornas de alguna bélica contienda como su divina máquina, de engranajes repleta. Por ello no hablemos más de su desgracia, célebres oyentes, sino loemos su obra, pues él salvó a muchos hombres y les evitó el viaje prematuro al Hades. ¡Él fue el insigne Alan Turing, de los sabios referente! Su ilustre invento descifró enigmas que resistieron ante los hombres, y hasta al olímpico Hermes hastiaron, tras obstinada porfía. Él persiguió sus alados propósitos, y así destacó entre los hombres, como un héroe entre los mejores; de entre todos los sabios, no muchos, sino muy pocos, han alcanzado la gloria, como benefactores de la paz en tiempos de guerra. ¡Conocéis ahora al gran hombre, esclarecidos espectadores, así que ahora comencemos, en breve tiempo, con su detallada historia…

Mi vida se agota en la dolorosa quietud de mi morada, de bien construidas puertas y espaciosas habitaciones. La injusticia ha truncado mi destino, ¿quién se acuerda de mí, y lo hace sin repulsa? Los hombres me han abandonado, y sólo las ciencias son un consuelo. ¿Cómo la condición natural de un hombre, de inocente hechura, puede causar en el resto la cólera, y de su ruina la búsqueda? Oh, musas, que habitáis en olímpicas moradas, inspirad a algún aedo, de recónditos versos, o a algún poeta de estrofas bien regladas, para que recuerde a este erudito en su oda, al menos una vez más, en el transcurso de la historia. Y si son muchos los que de mí se acuerdan, que todos ellos canten sobre mis virtuosas obras, y condenen mi conjurada ignominia. Que escriban todos hermosos versos para que algún día, al recitarlos algún hombre diga, ¡este de aquí fue Alan Turing, afamado hombre de ciencia, que salvó a miles de hombres de la muerte, y acabó con la guerra! ¡En él se inspiran muchos bien rimados versos, que a los mortales deleitan!

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La flora de nuestras ciudades

Posted by cienciayficcion en 07/12/2016

El pasado día 18 de noviembre de 2016 se entregaron los premios del II concurso de relatos cortos “Facultad de Ciencias, dentro del marco de la festividad del patrón de la Facultad, San Alberto Magno. Los relatos debían ser de temática científica o relacionados con la Ciencia, y no tener una extensión superior a una página.

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El relato de Antonio Mª. Blein Sánchez de León, La flora de nuestras ciudades, obtuvo el segundo premio. Esperamos que disfrutéis de su originalidad tanto como nosotros en su momento:


LA FLORA DE NUESTRAS CIUDADADES

1ª entrega

En esta primera entrega de la serie “La flora de nuestras ciudades” vamos a tratar de una de las plantas que más abunda en zonas urbanas. Es planta de tallo largo y raíces cortas. Crece abundantemente en localidades muy habitadas, preferentemente en zonas asfaltadas.

Presenta típicamente una flor alargada trifloriada, que se manifiesta en vivos colores, rojo, amarillo y verde, si bien se han documentado especies que sólo presentan el color amarillo. El tallo es de color verde oscuro, aunque en ocasiones puede tener un color amarillo intenso.

El crecimiento inicial es bastante rápido, llegando a desarrollarse incluso a lo largo de un día. Una vez alcanzada su edad adulta permanece sin crecimiento posterior.

La floración presenta las características típicas de esta especie, variabilidad y cerelidad, ya que la flor intensifica periódicamente uno de sus colores, mitigando entonces la intensidad de los otros dos. Este fenómeno se reproduce periódicamente con cierta rapidez, si bien la duración del mismo puede variar entre el día y la noche. En las especies que presentan únicamente flor amarilla se producen periódos de floración amarilla y periódos sin floración, por lo que han sido calificadas de “floración intermitente“.

Se ha venido observando que esta planta condiciona la naturaleza que la rodea. El comportamiento (movimiento) de los seres que la rodean se cree que está influenciado por la floración periódica de los colores de esta planta, ya que se producen, alternativamente, actividades y estatismos de la vida a su alrededor.

Para su siembra se requiere que el agricultor tenga conocimientos específicos de su técnica de siembra y disponga de herramientas específicas. Se suele presentar agrupada en conjuntos de cuatro unidades, localizándose en las lindes de cruces de caminos.

Esta planta presenta una relación simbiótica con otro vegetal de morfología muy plana, pero de notable extensión, “Pasodiatis Zebrantibus“, que muestra un colorido en bandas blancas y negras alternantes y que se sitúa a nivel de suelo. Estudios recientes demuestran que cuando la floración de la planta se interrumpe, la mencionada “Pasodiatis Zebrantibus” es la que pasa a condicionar la conducta de los seres del entorno.

En cuanto a lo fitopatología cabe destacar que es planta inmune a muchas enfermedades, especialmente las causadas por bacterias (ricketsias) y hongos (platelmintos), si bien la atmósfera contaminada en la que generalmente se desarrolla produce en ella fenómenos de oxidación/reducción (especialmente de los primeros), que obligan a que se le tengan que aplicar tratamientos superficiales de tipo “pintoriático” para combatir dicho fenómeno.

No parece que la planta de la que venimos hablando, “Umbellíphera Semaphorensis” vulgarmente llamada “semáforo“, esté en peligro de extinción, pero en todo caso aconsejamos su cuidado y protección.

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La mejor investigación en Biotecnología

Posted by cienciayficcion en 08/11/2016

biotecnologiaMás que satisfactorias noticias en la disciplina de Biotecnología.

Se ha publicado el informe sobre la producción científica española en Biotecnología durante los años 2005-2014, y la Universidad de Zaragoza es la que tiene mayor impacto normalizado, seguida del CSIC y de la Universidad de Santiago, y mayor porcentaje de artículos altamente citados o de excelencia, seguida, otra vez pero en diferente orden, de la Universidad de Santiago y del CSIC.

Las instituciones españolas que más artículos publican son el CSIC, la Universidad de Barcelona y la Universidad Complutense de Madrid.

Más información

Informe completo

Los datos son lo suficientemente expresivos como para no añadir más comentarios ni calificativos a la investigación que se desarrolla en este área.

Nuestra más sincera felicitación a todos los miembros del Departamento de Biotecnología de la Facultad y de la Universidad, así como a los colegas y miembros que colaboren con ellos desde otros departamentos e instituciones de investigación.

 

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Google Scholar y la caja de Pandora

Posted by cienciayficcion en 03/11/2016

  • Orduña-Malea, Enrique ; Martín-Martín, Alberto ; Ayllón, Juan M. ; Delgado López-Cozar, Emilio: La revolución Google Scholar: Destapando la caja de Pandora académica. Granada : UNE, 2016

La revolución Google ScholarSe acaba de publicar esta obra sobre Google Scholar, que está disponible gratuitamente en pdf o en epub hasta el día 5 de noviembre de 2016 (hasta las 23:59′ indican sus autores), pinchando en la imágen que acompaña a esta entrada. En papel se puede adquirir por 25 euros en este enlace o, se supone, en librerías (algunas, no todas).

Google Scholar ha supuesto una auténtica revolución en la forma de buscar y acceder a la información científica. Pero lo que fue creado para encontrar información se ha transformado, sin quererlo, en una valiosísima fuente de datos para la evaluación científica con múltiples usos bibliométricos, es decir, en una auténtica “caja de pandora académica”.

El objetivo de este libro es describir minuciosamente las características y prestaciones de Google Scholar. Se traza su origen y evolución, se desmenuza su funcionamiento, se examina su tamaño, cobertura y crecimiento, se pormenorizan las utilidades y servicios que proporciona y se apuntan sus fortalezas, debilidades y peligros.  Pero también, esta obra pretende explicar los principales productos derivados del buscador: los derivados (Google Scholar Citations y Google Scholar Metrics) y los independientes (Publish or Perish, Scholarometer, H Index Scholar, Journal Scholar Metrics, Publishers Scholar Metrics, Proceedings Scholar Metrics y Scholar Mirrors).

En definitiva estamos ante un libro que ofrece una revisión omnicomprensiva a la par que minuciosa sobre lo que es a día de hoy Google Scholar y sus derivaciones.

Es fruto de la intensa labor investigadora desplegada durante ocho años por  Enrique Orduña-Malea, Alberto Martín-Martín, Juan Manuel Ayllón y Emilio Delgado López-Cózar

Personalmente llevo leídos los dos prefacios (de Peter Jacsó y Anne-Wil Harzing, respectivamente), la introducción y el capítulo uno, y me está resultando a la par de entretenido que de enriquecedor. Lectura más que recomendada para quien quiera saber qué hay debajo de un recurso que lo ofrece casi todo pero que, paradojicamente, oculta también casi todo (sobre qué recursos opera y la forma en la que lo hace).

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Librarian Quick Reference Cards for Research Impact Metrics

Posted by cienciayficcion en 11/07/2016

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Medio pan y un libro

Posted by cienciayficcion en 20/06/2016

García Lorca

Federico e Isabel García Lorca. Granada, 1914.Col. Fundación Federico García Lorca, Madrid.

“Cuando alguien va al teatro, a un concierto o a una fiesta de cualquier índole que sea, si la fiesta es de su agrado, recuerda inmediatamente y lamenta que las personas que él quiere no se encuentren allí. «Lo que le gustaría esto a mi hermana, a mi padre», piensa, y no goza ya del espectáculo sino a través de una leve melancolía. Ésta es la melancolía que yo siento, no por la gente de mi casa, que sería pequeño y ruin, sino por todas las criaturas que por falta de medios y por desgracia suya no gozan del supremo bien de la belleza que es vida y es bondad y es serenidad y es pasión.

“Por eso no tengo nunca un libro, porque regalo cuantos compro, que son infinitos, y por eso estoy aquí honrado y contento de inaugurar esta biblioteca del pueblo, la primera seguramente en toda la provincia de Granada.

“No sólo de pan vive el hombre. Yo, si tuviera hambre y estuviera desvalido en la calle no pediría un pan; sino que pediría medio pan y un libro. Y yo ataco desde aquí violentamente a los que solamente hablan de reivindicaciones económicas sin nombrar jamás las reivindicaciones culturales que es lo que los pueblos piden a gritos. Bien está que todos los hombres coman, pero que todos los hombres sepan. Que gocen todos los frutos del espíritu humano porque lo contrario es convertirlos en máquinas al servicio de Estado, es convertirlos en esclavos de una terrible organización social.

“Yo tengo mucha más lástima de un hombre que quiere saber y no puede, que de un hambriento. Porque un hambriento puede calmar su hambre fácilmente con un pedazo de pan o con unas frutas, pero un hombre que tiene ansia de saber y no tiene medios, sufre una terrible agonía porque son libros, libros, muchos libros los que necesita y ¿dónde están esos libros?

“¡Libros! ¡Libros! Hace aquí una palabra mágica que equivale a decir: «amor, amor», y que debían los pueblos pedir como piden pan o como anhelan la lluvia para sus sementeras. Cuando el insigne escritor ruso Fedor Dostoyevsky, padre de la revolución rusa mucho más que Lenin, estaba prisionero en la Siberia, alejado del mundo, entre cuatro paredes y cercado por desoladas llanuras de nieve infinita; y pedía socorro en carta a su lejana familia, sólo decía: «¡Enviadme libros, libros, muchos libros para que mi alma no muera!». Tenía frío y no pedía fuego, tenía terrible sed y no pedía agua: pedía libros, es decir, horizontes, es decir, escaleras para subir la cumbre del espíritu y del corazón. Porque la agonía física, biológica, natural, de un cuerpo por hambre, sed o frío, dura poco, muy poco, pero la agonía del alma insatisfecha dura toda la vida.

“Ya ha dicho el gran Menéndez Pidal, uno de los sabios más verdaderos de Europa, que el lema de la República debe ser: «Cultura». Cultura porque sólo a través de ella se pueden resolver los problemas en que hoy se debate el pueblo lleno de fe, pero falto de luz”.

Discurso pronunciado por Federico García Lorca en la inauguración de la biblioteca de Fuente Vaqueros, su pueblo natal, en septiembre de 1931.

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Diccionario Español de Ingeniería

Posted by cienciayficcion en 04/06/2014

La Real Academia de Ingeniería (RAI) dispone ya del Diccionario Español de Ingeniería (DEI), el primer diccionario online y accesible para todos.

Diccionario Español de IngenieríaEl Diccionario Español de Ingeniería es una obra de consulta que aborda, globalmente, en español, todas las ramas de la ingeniería, como patrimonio cultural de nuestra lengua. Consta de 50.000 términos en español, correspondientes a 32 campos temáticos a partir de nueve grandes áreas de la ingeniería o relacionadas con la tecnología:
– Astronáutica, Náutica y Transportes
– Agroforestal
– Construcción
– Telecomunicaciones
– Seguridad y Defensa
– Química Industria
– Energía
– Ingeniería Biomédica
– Ingeniería General

En esta primera fase de su lanzamiento el soporte del Diccionario Español de Ingeniería (DEI) será exclusivamente digital, de acceso libre y gratuito al público, como viene siendo habitual en las actividades que organiza la RAI, dada su vocación de servicio a la sociedad. Al igual que nuestra lengua de la que se alimenta, el Diccionario Español de Ingeniería es una obra viva que se irá actualizando a medida que surjan nuevos avances tecnológicos y, con ellos, nuevos términos. Llegado el caso, cualquier usuario podrá hacer propuestas de incorporación de nuevos términos, que serán aceptados de pasar el filtro académico correspondiente.

El DEI inició su andadura hace diez años, con un equipo lexicográfico dirigido por un académico-director, el Doctor Ingeniero de Caminos, Canales y Puertos Antonio Colino. En este tiempo, más de 100 expertos, entre académicos de la RAI directores de área, directores de campo, coordinadores, expertos colaboradores y equipo lexicográfico han participado en la obra. Se trata de un diccionario que se estructura como una obra lexicográfica especializada ordenada alfabéticamente, con una definición para cada unidad léxica o término, junto con su equivalencia en lengua inglesa.

Cuando empezó esta aventura, la RAI quiso que el Diccionario Español de Ingeniería cumpliera los requisitos de accesibilidad para todos los ciudadanos. Con este objetivo, la RAI y Fundación ONCE firmaron hace algo más de un año un convenio por el cual ambas instituciones se comprometieron a hacerlo posible. Desde entonces la compañía Technosite, perteneciente al grupo de empresas de la ONCE y su Fundación, y el equipo lexicográfico de la Real Academia han trabajado conjuntamente hasta conseguir hacer del DEI el primer diccionario online con los requisitos de accesibilidad y usabilidad. Así, los expertos de Technosite han diseñado la plataforma web que sirve de soporte al Diccionario, para hacerla enteramente adaptada a las personas con alguna discapacidad visual: mediante un sistema que convierte el contenido de la pantalla en sonido, el usuario puede acceder o navegar por él sin necesidad de verlo.

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Ganadores FameLab 2014

Posted by cienciayficcion en 21/05/2014

Ya tenemos a los ganadores de FameLab España 2014. Vistos los vídeos de los tres primeros clasificados, hubiera aplicado otro orden, pero para gustos colores:

  • Ricardo Moure, primer clasificado:
  • Ana Payo, segunda clasificada:
  • Santi García, tercer clasificado:

Los monólogos de todos los finalistas se pueden ver en la página de FameLab España.

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